Una crítica austriaca a Schumpeter.

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Joseph Schumpeter (1.883 -1.950) es considerado uno de los economistas más importantes en la historia del pensamiento económico.

Aunque tradicionalmente es considerado uno de los miembros de la Escuela Austriaca, es preciso señalar que su metodología científica y sus conclusiones respecto al socialismo difieren bruscamente con el cuerpo general de los austriacos.

En su obra “Capitalismo, Socialismo y Democracia” (1.942), Shumpeter muestra que la llegada del socialismo se dará inevitablemente debido a la descomposición de la sociedad capitalista.

Fuertemente influido por la economía estática de Walras y por el determinismo metodológico marxista,. la convicción de Schumpeter es comparable a la del mismo Marx cuando éste afirmaba que el socialismo habría de llegar con la “inexorabilidad de una ley natural”. Sin embargo, en lo que difieren únicamente ambos autores es en el modo de explicar la tendencia histórica hacia el socialismo.

En efecto, partiendo del determinismo metodológico, Marx y Schumpeter analizan la caída del capitalismo de forma inevitable. Las características del sistema capitalista se basan, tal y como afirman, en los continuos cambios de los métodos de producción y la incorporación de nuevos productos. Son los empresarios (entrepreneurs), los actores responsables de dichos cambios. La combinación de estas actividades empresariales es financiada por los bancos, los cuales asumen todo el riesgo en el modelo schumpeteriano.

El mundo en que se desenvuelve este empresario es un mundo incierto, y debe estar preparado para afrontar sus proyectos. Sin embargo, al asegurar que el riesgo económico es únicamente asumido por los bancos, son muchas las críticas que podemos ofrecer al respecto. En primer lugar, desde nuestra perspectiva austriaca de economía, la definición schumpeteriana de empresario es muy limitada. El profesor Huerta de Soto, en su obra “Socialismo, Cálculo Económico y Función empresarial” define la actividad del empresario como toda capacidad del hombre para aprovechar las oportunidades que tiene en su entorno para lograr sus fines, y actuar en consecuencia para ello.

Además, el riesgo de la función empresarial no es únicamente asumido por los bancos, ya que como efectivamente Schumpeter afirma, operamos en un mundo de incertidumbre, la cual nunca podremos llegar a eliminar del todo. Por ello, el hecho de asumir riesgos por parte del empresario conforma su natural perspicacia, o en terminología de Kizner, el “alertness” del empresario, que supone el incentivo a mejorar constantemente e innovar de una forma continua, no cíclica. Además, por propia definición, se podría pensar que si el desarrollo del capitalismo depende del empresario innovador, la llegada del socialismo acabaría con el mismo. En el socialismo no habría innovadores, y mermaríamos la innata capacidad del hombre de ejercer libremente la función empresarial. Sin función empresarial, desde la perspectiva austriaca, no cabe desarrollo de la sociedad posible.

Para Shunmpeter, el estado estacionario del capitalismo llegará como consecuencia de la burocratización del empresario. Las grandes empresas caerán en la monotonía y serán dirigidas por burócratas. La innovación desaparecerá. No obstante, esta burocratización o mecanización de la innovación va en contra de nuestra definición de empresario caracterizada por ese alertness o continuo “estado de alerta” y perspicacia.
Frente a esta concepción, podemos recurrir a la obra “Burocracia” Ludwig Von Mises Mises, donde analiza la burocratización de las empresas. Para Mises, toda gestión privada u organización privada está movida únicamente por el beneficio empresarial. El empresario debe esforzarse continuamente en mejorar la calidad de sus bienes o servicios para no perder dicho beneficio. La consecución de su fin o beneficio es su incentivo a actuar continuamente para mejorar, ya sea reduciendo costes y por supuesto, innovando. Es la continua intromisión del Estado la que merma este incentivo y por tanto produce la burocratización de las empresas, ya sean grandes o pequeñas.

El establecimiento de un impuesto, la regulación de precios y márgenes empresariales, etc, son los que acaban con la innovación en aras de mejorar el bienestar de los consumidores, que son los beneficiarios últimos de la gestión privada guiada por el lucro.
Por tanto, la visión misiana de la burocratización empresarial es precisamente la opuesta a la de Schumpeter. Es interesante además observar la mayor regulación del Estado hacia las grandes empresas, estando incluso presente a través de los burócratas en los Consejos de Administración, o constituyéndose como un influyente “stakeholder”. La intromisión del Estado elimina los incentivos del empresario y produce su rutina, y no al revés.

Herederos de este pensamiento schumpeteriano, son muchos los economistas, como Galbraith, que han desarrollado sus trabajos en torno al concepto de propiedad vs gestión.

En su obra The New Industrial State (El Nuevo Estado Industrial), Galbraith examina la gran empresa moderna. Para él, el alto coste tecnológico y las inversiones en innovación son las que han propiciado el desarrollo de grandes empresas que puedan asumir dichos riesgos, que escapan a la capacidad del pequeño y tradicional empresario. No obstante, con el desarrollo de las grandes corporaciones, la noción de propiedad de la empresa y gestión de la misma se divide, es decir, que los managers de la empresa ya no van a ser los propietarios de la misma.

Nace con esta idea el famoso concepto de “tecnoestructura”, entendido como aquel departamento de la gran empresa que se encargará de la gestión privada. Los propietarios, sin embargo, pasarán a ser los meros accionistas, preocupados únicamente en la obtención de mayores dividendos y surgiendo los conflictos con los tecnócratas. Esta idea, aunque puede resultar cierta en el corto plazo, debemos desecharla en el largo, ya que si efectivamente los propietarios buscan el beneficio, la gestión privada deberá guiarse igualmente por el lucro, por lo que los posibles conflictos que pudieran surgir entre los propietarios y los gestores o tecnócratas deberían de resolverse en aras de mejorar la eficiencia en la gestión empresarial.

Igualmente, no podemos obviar que la imagen del empresario, tanto de la grande como de la pequeña empresa, aún existe. En una imagen de equilibrio perfecto en la que todos los empresarios venden productos o servicios al mismo precio sí puede caber una rutina o mecanización de la actividad empresarial. En la tradición Austriaca, sin embargo, la economía se aleja del mecanicismo estático, pues en realidad el mercado está caracterizado por la búsqueda de la eficiencia dinámica, en la que la solución de desajustes da lugar a otros desajustes que suponen nuevas oportunidades de éxito para el empresario. La realidad dinámica del mercado no puede abarcar rutina alguna.

Es interesante completar la definición de empresario schumpeteriano con el enfoque de Kizner ya mencionado anteriormente. Para Schunmpeter, el único empresario admisible es el empresario innovador. La investigación es relegada a un segundo plano. Para Kizner, la importancia del “alertness” supone una diferencia sustancial, ya que amplía el perfil de empresario a una cuestión más importante que el mero problema técnico de la explotación de nuevas ideas o recursos.

La perspicacia del hombre en encontrar las oportunidades de éxito para alcanzar sus objetivos es la que le otorga el carácter de empresario. Y aunque en general siempre la persona que encuentra dichas oportunidades es la que va a explotarlas, la matización es importante. Los consumidores buscan constantemente nuevos bienes para satisfacer sus necesidades, y la perspicacia del empresario juega un papel crucial en este aspecto. Frente a quienes piensan que el Estado es el único órgano capaz de atender las necesidades de la sociedad, nosotros debemos reivindicar el papel del empresario desde la perspectiva de la Escuela Austriaca. Estar alerta a nuevos medios de producción, innovaciones e inversiones productivas es lo que caracteriza la función empresarial.

El capitalismo sobrevive porque es el único sistema que permite la libertad del empresario para ejercer su función. Por ello, el modelo del capitalismo schumpeteriano cae en el error y permanecerá en el error mientras se siga pensando en el empresario como un ser autómata o robotizado, que no se mueve por incentivos en un entorno dinámico para la búsqueda de nuevas oportunidades que se generan continuamente y permiten el desarrollo social.

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