BREXIT: Un verdadero reto para la UE

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El día 23 de junio de 2016 será una fecha histórica para la Unión Europea (UE). El premier británico David Cameron ha elegido este día para que los ciudadanos del Reino Unido decidan, a través de un referéndum, su permanencia dentro de la UE. Este BREXIT (British EXIT, “salida británica”) supone una decisión no exenta de riesgos para las dos partes implicadas. De hecho, durante los últimos días, los medios de comunicación británicos e internacionales se han hecho eco de varios testimonios que desde Bruselas como capital de la UE, las instituciones de la City de Londres, así como de una fracción de diputados tories (conservadores) alertando de dos graves problemas que acarrearía el BREXIT para la economía británica:

  • Fuga masiva de capitales europeos desde la City hacia Frankfurt y otros centros financieros: un informe reciente de la Asociación de Inversores estima que un 37% del total de activos europeos es gestionado en Reino Unido.(ver informe de The Investment Association aquí)
  • Pérdida de cuota de mercado: Reino Unido exporta casi un 45% de sus bienes y servicios a la Unión Europea

Asimismo, un reciente estudio de Price Waterhouse Coopers estima en casi un millón los puestos de trabajo perdidos como consecuencia del BREXIT.

Por tanto, de ser ciertos estos riesgos, ¿por qué se plantea el Reino Unido su salida de la UE?

En primer lugar, es preciso recordar cómo funciona la economía del Reino Unido. Contribuyente neto de la UE y país líder en la creación de empleo, con una tasa de paro del 5%, muy por debajo de la media europea (9%). A nivel demográfico, Reino Unido representa un 13% de la población total europea, siendo actualmente un país con una migración neta (balance entre la inmigración y emigración) cercana a los 330.000 habitantes, de los cuales, aproximadamente la mitad provienen de la UE para buscar trabajo.

Resulta fácil advertir que la estructura económica y social de Reino Unido tiene capacidad para absorber parte del paro europeo y que sería más inteligente para la UE estudiar con seriedad el BREXIT, partiendo de entender que este fenómeno no es coyuntural, sino que obedece a una divergencia entre dos modelos económicos incompatibles entre sí: un modelo aperturista, basado en la inversión y flexible anglosajón frente a  otro modelo proteccionista, basado en la subvención y rígido continental.

La coexistencia de estos dos modelos dentro de la UE se ha tornado especialmente difícil durante los últimos años de crisis económica, en los que el gobierno de Cameron ha realizado un duro ajuste del gasto público (actualmente en torno al 42% del PIB) y se ha mostrado muy crítico con la senda marcada por sus socios comunitarios.

Reino Unido se ha mostrado partidario de liberalizar el mercado de trabajo y de flexibilizar las industrias para hacerlas más competitivas en el mercado, donde China e India lideran el crecimiento mundial. Sin embargo, la política de Bruselas ha pasado por rescatar las viejas medidas colbertianas basadas en el proteccionismo comercial, donde más del 40% del total del presupuesto comunitario se destina a una Política Agraria Común (PAC) que a lo largo de las décadas sólo ha dificultado a los países en vías de desarrollo, incapaces de vender sus productos agrícolas más baratos, y encarecido notablemente los precios, perjudicando a los consumidores.

Adicionalmente, desde el punto de vista de la inmigración, Reino Unido apuesta por una política basada en lo que algunos economistas denominan “invitación”. Es decir, la inmigración, de ser libre, tiene que ser acordada por dos partes: el país receptor y el inmigrante que desea trasladarse a dicho país. En virtud de ese acuerdo, cada parte se responsabiliza del otro. El Estado no puede subvencionar la inmigración si dichos inmigrantes no han sido “invitados” mediante un contrato de trabajo que les permita prosperar y vivir pacíficamente.

En este punto es interesante recordar la relación entre comercio e inmigración, caracterizada por la elasticidad de sustitución: cuanto más tengo de uno, menos necesito del otro, y viceversa. Es decir, cuando la UE mantiene un sistema de aranceles a mercancías extranjeras para proteger a sus productores locales, está provocando que cientos de miles de familias de países africanos y asiáticos se vean obligadas a emigrar a la tierra prometida llamada Europa. Si a esto se le suma la actual crisis de refugiados que huyen de la guerra en Siria y Afganistán, nos encontramos con un agotamiento del modelo europeo continental.

Sin embargo, parece que los últimos atentados de Bruselas han provocado que el terror se apodere de la lógica, y que los nacionalismos acrecienten su esfera en la política europea e incluso norteamericana, donde un controvertido Donald Trump promete levantar más muros para frenar la inmigración mexicana y amenaza con combatir al ISLAM.

Por tanto, lo más importante del BREXIT no es la celebración de un referéndum que decida la permanencia del Reino Unido en la UE, sino el trasfondo de su mensaje: la necesidad de una revisión integral del modelo económico de la Unión Europea, logrando que sea más aperturista al tiempo que reduzca los privilegios y prerrogativas burocráticas (subvenciones, subsidios, ayudas) del denominado Estado de Bienestar europeo, incompatible con el libre comercio y la libre circulación de personas. Estos son los principales retos a identificar y combatir.

En conclusión, el dilema consiste en mantenerse en la tozudez del modelo continental que provoca una inmigración no deseada para mantener una economía a base de subvenciones cada vez más costosas para el contribuyente europeo, el escenario en el que lamentablemente vivimos, o bien en apostar por un modelo de libre comercio y mercados flexibles basado en una inmigración bienvenida que garantice una convivencia pacífica sin poner en riesgo la seguridad de los ciudadanos.