Se acabó la demagogia

tragicomedia

Los últimos días están siendo especialmente críticos para la Unión Económica y Monetaria de la Unión Europea. Tras la llegada de Syriza al gobierno de Grecia, las negociaciones con los acreedores internacionales (la Troika) para tratar de resolver la insostenible situación de las finanzas griegas se han tornado en un peligroso “juego de gallinas”, cuyos fundamentos ya hemos examinado en este blog.

La praxis política que estamos presenciando evidencia el desenlace del juego: no habiendo estrategia claramente dominante sobre ninguna de las dos partes, Grecia y la Troika mantienen un proceso continuo de “presión-cesión”, cuyo último resultado desembocará en que, o bien uno de los dos jugadores pierda frente al otro, o bien ambos perderán por no llegar a un acuerdo.

El domingo  el pueblo griego celebra su referéndum para decidir el o el no a las condiciones impuestas por la Troika para mantener el rescate del país heleno. En este contexto, y frente al debate vacío de contenido sobre si los acreedores están siendo demasiado duros con Grecia, es preciso examinar los antecedentes de esta tragicomedia:

  • La sociedad griega se encuentra altamente endeudada, con niveles del 112,4% de deuda privada sobre la renta disponible y de hasta el 179% de deuda pública sobre el PIB.
  • El gasto público del Estado griego supone un 51,8% del PIB, una cifra tan sólo superada por Bélgica, Finlandia, Francia y Dinamarca en todo el conjunto de países de la OCDE.

A la vista de estos condicionantes, es forzoso concluir que, frente a lo que opina una gran mayoría, las políticas de austeridad no son responsables de la crisis griega, porque no ha habido austeridad alguna. De hecho, la capacidad de ahorro de las economías domésticas en Grecia es muy escasa, siendo los bancos totalmente dependientes de la financiación del Banco Central Europeo. El economista Javier Santacruz explica la lógica del control de capitales (el corralito) que el Banco Central Europeo está ejerciendo sobre el país, y que no es otra que evitar la salida de más reservas y contener el aumento de la deuda externa neta (la posición inversora internacional neta supera el -90% del PIB).

Las vías de actuación para corregir esta crisis de deuda son dos:

Subidas de impuestos: Syriza plantea una subida de impuestos a las rentas más altas. Sin embargo, con una renta disponible media de 26.016 dólares/per cápita (frente a otros países también rescatados como España o Irlanda, con una renta disponible media de 33.720 y 47.796 dólares/per cápita respectivamente), cuesta mucho pensar que subir los impuestos pueda tener efectos notorios.

Reducción del gasto público: Esta medida resulta harto complicada, especialmente a nivel político. Y es que nadie quiere asimilar que las obligaciones del Estado de Bienestar griego son insostenibles. Para gozar de una jubilación media a los 61 años y de otras prestaciones muy onerosas del gasto social griego, el trabajador ha de soportar que el 40% de su coste laboral sean impuestos. En consecuencia, no es posible generar empleo y la tasa de paro se halla en el 26,5 % de la población activa, mermando la competitividad de la economía. Por tanto, se precisan reformas estructurales del sistema de pensiones y de liberalización de los mercados que permitan reducir notablemente el peso de la administración.

Si Grecia decide no cambiar su modelo de Estado, es muy posible que salga del euro. Esto acarrea que tanto Europa como Grecia pierden. Desde luego, Grecia se tendría que preparar para un duro ajuste, ya que siendo un país tan dependiente del exterior, las importaciones se encarecerían de forma drástica, y la desconfianza internacional implicaría que la inversión extranjera buscase otros destinos.

Para la Unión Económica y Monetaria de la Unión Europea, la salida de Grecia no le supondría una pérdida demasiado grave en términos económicos. Los acreedores tendrán que asimilar la deuda incobrable, pero este escenario ya está descontado. Sin embargo, lo más significativo del GREXIT será la lección que todos aprenderemos: el euro exige una disciplina a los países miembros, una regla que no pueden saltarse. La vuelta a los nacionalismos monetarios constituye un incentivo perverso para los Estados, convirtiendo la política monetaria en un juguete para devaluar la moneda y evitar realizar las reformas de calado.

El euro implica que los gobiernos no pueden recurrir a manipular sus monedas para disfrazar los problemas bajo una competitividad falsa. La disciplina de una moneda única exige que los mercados han de ser flexibles y abiertos. Desde luego Europa tiene aún mucho recorrido en este sentido, y es de lamentar la actuación del Banco Central Europeo como prestamista de última instancia, habiendo permitido que los países miembro siguieran endeudándose ilimitadamente sin acometer reformas.

Por tanto, sea cual sea la decisión de Grecia, los europeos somos testigos de una realidad dura pero incuestionable: se acabó la demagogia (del griego demos-pueblo y ágo- conducir).

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