El huésped más incómodo

nihilismo

Articulo escrito por Javier Llanos Melchor

La democratización de la información selló un hito en el siglo XX desde sus inicios con la radio y el papel, abriendo la puerta a la digitalización de la misma a finales de siglo con la aparición de internet. Actualmente, en el siglo XXI, la agilidad de los individuos para acceder y captar información es, en mucho, mayor a su capacidad para analizarla y procesarla. Éste libre acceso no siempre es positivo pues, a veces, permite informaciones publicadas sin filtrar ni contrastar su veracidad, lo cual provoca desinformación. Incluso, podríamos equiparar éste empobrecimiento de la calidad informativa con el concepto de propaganda, tan utilizado en el pasado, y entendido como medida de control del mensaje informativo con la intención de hacer llegar, al receptor de dicho mensaje, unas ideas preconcebidas. Actualmente, esta capacidad de manipular la información aprovechando nuestros sesgos cognitivos ha estimulado el auge del proteccionismo y el nacionalismo, encarnados en gobiernos cada vez más totalitarios, para los que la democracia es utilizada como arma de imposición y no como un instrumento de libertad.

Ejemplos claros de estas situaciones son el Brexit británico, la apuesta por el proteccionismo de Trump en Estados Unidos y el auge de la extrema derecha en Francia y Holanda. En los dos primeros casos han sido llamativas las oleadas de posiciones contrarias a los resultados, debido quizá a la situación sorpresiva provocada por los mismos pues, a priori, las encuestas auguraban otro final. En el caso americano, es cierto que el número de votantes de Trump fue la minoría, la cual se aprovechó del sistema electoral estadounidense para ser suficiente.

En el caso británico, las encuestas se movieron en torno a las dos posibilidades, pero en una horquilla porcentual muy estrecha y, aunque en las jornadas previas a la votación se inclinaban por la permanencia, los comicios se decantaron por la salida de la UE.

Francia no va más lejos y presenta un fuerte apoyo popular a Le Pen, aprobando sus ideas rupturistas con la UE y proteccionistas con respecto a la inmigración y el comercio. También, como en los casos antes mencionados, presenta una muestra de población muy amplia en su contra, volviéndose a repetir el escenario de equilibrio en la balanza electoral y corriendo el riesgo de su inclinación hacia el lado de la candidata del Frente Nacional.

Ante esta situación de abandono de las políticas actuales por otras contrarias y más inciertas, en contraste con los avances obtenidos en términos sociales, comerciales, de movilidad geográfica, de armonización jurídica, cabe preguntarse: ¿qué o quién impulsa a esas posiciones minoritarias para tener un peso significativo?

Esas posiciones, quizás, alojan al huésped más incómodo. Nietzsche describió así al nihilismo, el cual parte de la negación de todo principio, religión o creencia en términos absolutos; pero como estado psicológico alienta a la falta de valores, una ausencia de sentido que desorienta a diferentes estratos de la sociedad.

Probablemente, todos los avances mencionados anteriormente no son más que simples quimeras que lucen y encabezan un sistema lleno de sombras, donde acechan los grupos de presión desarrollando sus más oscuras artes. Éstos vician un sistema que permanece frágil ante la corrupción, el intervencionismo y la imposición de unos intereses particulares respecto a los de la sociedad, usando la política como instrumento.

En éste contexto, los individuos se preguntan por la utilidad del sistema y se cuestionan su papel como partícipes de él. Lo que primero puede suponer inconformismo y rabia, se vuelve quietismo respecto a la idea de invalidez de los valores que promulga lo establecido.

Esta debilidad del sistema es percibida por la población con desaliento, desánimo y desconfianza, fruto de la comprensión de que la búsqueda de sentido ha sido en vano; éstos son requisitos mínimos para hospedar al nihilismo que, como estado psicológico del individuo, conforma una muestra social suficiente para desequilibrar cualquier balanza electoral hacia un resultado contrario a lo esperado.

El sistema, por tanto, ha fallado, y la sociedad responde de distintas maneras. Hay quienes intentan conservarlo, quienes intentan modificarlo y, por último, quienes lo quieren sustituir, ya sea mediante un derrocamiento o una traslación, sin saber si será válido o no; dejando a un lado los valores actuales y proponiendo la eliminación del sistema como fin. En palabras del propio Nieztsche, la voluntad humana prefiere querer la nada a no querer. Por tanto, estamos abocados a la nada o a la incertidumbre de si el sistema es mejorable. A medida que la implementación del sistema sea en vano, las filas de la nada se seguirán engrosando.

Concluyendo, frente a la decadencia del sistema el cambio se presenta cada vez más plausible y próximo en el tiempo. Observando el escenario actual de proteccionismo y nacionalismo, la deriva del libre acceso a la información hacia la desinformación y el nihilismo como estado psicológico alojándose en la sociedad; ese cambio de sistema corre el riesgo de pervertirse.

En este momento, es más necesario que nunca defender la idea de la libertad. Una libertad alejada de la visión romántica del libre albedrío (tal y como es entendida hoy en día por la gran mayoría de los individuos), sino basada en la responsabilidad de cada uno. Desde Solón y Pericles hasta el liberalismo actual hay multitud de ejemplos en la historia de sistemas democráticos basados en la libertad, la cual en su desarrollo nunca ha defraudado como pilar sobre el que construir una sociedad con valores que vuelvan a esperanzar a los ciudadanos.

Tal vez, a pesar de todo, no está todo perdido.

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