Free movement of goods, capitals and…persons?

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The faith in individual liberty is the pillar on which libertarians have been treating the affair of “Free movement and Open Borders”. This controversial discussion has divided to economists, creating a very intense debate during the last decade. 

The question we try to answer in this post is whether or not immigration should be unconditional or conditional; totally free or restricted.

On the whole, we are going to consider that the major group of immigrant people is constituted by unskilled workers. The usual claim of economists is that these unskilled foreign workers have made a huge contribution to the economic growth of the receptor countries. We can quote examples like the case of United States or Spain in the European Union where the immigration was rapidly absorbed in construction´s sector during bubble years. In addition, many economists argue that the cost of keeping immigrants is much lower than the wealth and added value they generate to the economy. According to this assertion, the increase of cheap supply in labor market implies a reduction of the price of certain commodities, goods and services. Thus, consumers can save money and firms find funds for investment.

Anyway, the current message of supporters of free movement and open borders may be summarized in a simple sentence: “Immigrants do work that Americans (or Spaniards, etc) refuse to do”.

Nevertheless, despite the apparent logic of this reasoning, the inconsistency of the argument is obvious. In fact, if all immigrant people become suddenly legal, they will enjoy the same wage scales of native workers. They will compete for the same jobs and will pay the same taxes. Accordingly, finally there will not be any work that “Americans won´t do”. Besides, if we consider a plausible reduction in the price of some commodities, goods and services, this fact does not imply the statement that “the more immigrant workers come, the better for national economy”. This is so because great part of the work executed in sectors where unskilled people go is made chiefly by machines. That is why it is very difficult to believe that, despite the reduction of wages produced by an increasing of labor supply, it will mean a net substitution of machines by muscles.

Regarding to the argument which states that immigrants give more wealth to the economy than the expenditure of keeping them, I must point out it is completely false. Not only because is well known that illegal immigrants avoid paying taxes, but anyway, the common income of unskilled people is slightly above the minimum wage. Therefore the public revenues in terms of taxes will be very low. On the other hand, the benefits and state aids that immigrants receive because of welfare programs (schools, healthcare, flats, etc) add a higher amount than the income they can give.

So, all this said without considering other social costs, like the high criminality, cultural integration and shadow economy.

After these considerations, we shall now analyze the case of free trade and free immigration:

It is used to say that free trade implies free immigration to work. Of course we believe in free trading and I think we all know the high cost of protectionism. So, given the case for free trade, what about free immigration?

The relation between trade and immgration is simple: elastic substitutibility: the more you have of one, the less you need of the other, and viceversa. The governments should foster free trade. That´s why 40% of poor people want to move a rich country.For instance, as long as mexican products may freely enter in US, the incentive for mexican people to move to a high-wage zone is lower (and viceversa). So, the possible strategies are basicly two: unconditional immigration and conditional or restricted immgration. Because there is a huge difference in the term “free”depending on what topic it is applied. Indeed, free trade implies that seller and buyer agree in the movement of goods and services. But free immigration doesn´t imply a previous agreement or invitation. That´s why it could be considered like an invasion. Do not be fooled by the way some experts employ the term free. It is much more complicated.

Free immigrants are not necessarily invited. That is why unconditional immigration would lead us to a progressive invasion, with fatal consequences (social clashes and tensions, criminality, etc).

We need to take some measures: restricted immigration, understanding the term “restricted” in the way of protecting native people of an unwanted immigration.

In conclusion, our approach model is the following: Immigration, for being free, must be invited immigration.

Quoting to Hoppe: “There is no such thing as free immigration, or an immigrant´s right of way. What does exist is the freedom of independent private property owners to admit or exclude others from their own property in accordance with their own restricted or unrestricted property titles”.

There is a very important field of research in this way, and libertarian economists must carry on with their committment of defending individual liberty and affording all these public debates from this perspective.

Y todo a media luz…

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Durante los últimos días, el sector eléctrico español se ha convertido en el centro de atención  en todos los medios de comunicación. No es de extrañar. Tras la última subasta celebrada para determinar el precio de la luz, el saldo arroja una subida del 11%. Rápidamente, el ministro Soria ha anulado dicha subasta y está estudiando un nuevo sistema para la fijación del precio.

Sin embargo, difícilmente aquellos que nos meten en un problema, podrán sacarnos del mismo sin agravar más las cosas. Y es que todo este embrollo es ya tan longevo y complejo que nadie consigue entenderlo.

Pues bien, el asunto se resume en una afirmación: los españoles no pagamos el precio real de la luz. ¿Por qué? Fácil, es muy cara. Por eso, los sucesivos gobiernos han ido cubriendo parte de ese precio. Desde que el sector eléctrico se privatizara en 1.997, el Estado ha ido manteniendo la misma tarifa eléctrica al margen de los costes (crecientes) declarados, y dicho déficit tarifario se ha convertido en una deuda del Estado con las empresas eléctricas. Cuando el ministro de Hacienda, Montoro, retira 3.600 millones de euros de los Presupuestos Generales del Estado destinados a cubrir parte de ese préstamo, las eléctricas presionan subidas en el precio de la luz.

Por tanto, esto parece un juego entre políticos y empresas eléctricas que obedece a un fallo institucional, y no de mercado. ¿Por qué la electricidad es tan cara? El sector eléctrico, a pesar de lo que muchos críticos denuncian, no está liberalizado. Y es que, siguiendo la opinión del economista Juan Ramón Rallo, que un gobierno otorgue un privilegio especial a un grupo reducido de empresas para que operen en el sector, no puede considerarse como un mercado libre en modo alguno. Más bien al contrario. Es decir, el oligopolio actual del mercado eléctrico no es un fallo de mercado, sino fruto de la regulación. Debido al concepto de soberanía nacional, entran en juego determinados “sectores estratégicos” que, en base al criterio del Estado, lo que supone es levantar barreras de entrada a las empresas en determinados mercados, como en este caso la energía. Por lo tanto, la razón de que haya un oligopolio que pueda presionar al alza el precio de la electricidad se debe a un privilegio estatal.

Opino que a los españoles, lo que nos importa es pagar el precio real de la energía, y no tanto quién nos la suministre. Los precios actúan como señales de información en el mercado, informando sobre la disponibilidad de un determinado bien o mercancía, y por tanto de su valor. Si las autoridades intervienen o regulan dichos precios, lo que tenemos como consecuencia es una información falsa que desvirtúa el cálculo económico. Como resultado, un elevado déficit tarifario y el precio de electricidad más caro de Europa.

La dependencia energética de España es uno de nuestros mayores problemas estructurales. Se han gastado miles de millones de euros en primas y subvenciones a energías que aún no son rentables en el mercado, pero que por intereses políticos se han favorecido frente a otras más eficientes y seguras (como la energía nuclear).

Por ello, no esperemos que los políticos que han diseñado este sistema vayan a solucionar el problema precisamente con más intervención.

Aterrizaje forzoso del helicóptero de Friedman

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El helicóptero de Friedman es una de las teorías más empleadas para explicar el proceso de expansión monetaria por parte de los gobiernos y sus consecuencias. El Premio Nobel Milton Friedman realizó contribuciones muy importantes en este campo, redefiniendo la famosa Teoría Cuantitativa del Dinero.

En su ejemplo, Friedman imagina una comunidad que se dedica a sus actividades económicas de producción, comercio, etc. Pues bien, el economista de Chicago formula el siguiente caso: Un helicóptero aparece volando y comienza a lanzar billetes a los ciudadanos de la comunidad, de tal forma que dicho reparto es equitativo, es decir, se supone que cada ciudadano recibe una cantidad parecida de dinero. ¿Qué efectos tendría este hecho?

A pesar de que aparentemente podríamos pensar que los ciudadanos serían más ricos, esto no es así. Friedman explica que efectivamente los ciudadanos disponen de mayores saldos monetarios, por lo que empezarán a gastar más dinero dentro de un sistema productivo que permanece igual que antes. Es decir, los nuevos billetes no crean una capacidad productiva adicional y, de este modo, lo único que se consigue es que suban los precios de los bienes y servicios de la comunidad, generándose con ello el problema de la inflación.

La conclusión que más nos interesa es que para Friedman, el aumento de la oferta monetaria trae como consecuencia un incremento proporcional en el nivel general de precios, sin que se produzca una distorsión en la estructura relativa de los precios. Esto se debe a que, como hemos dicho antes, se supone que la inyección del nuevo dinero se reparte de una forma homogénea entre todos los agentes económicos. Por lo tanto, el dinero permanece neutral, sin producir cambios sobre la economía real. La inflación es un problema esencialmente monetario.

Sin embargo, mucho antes que Friedman, el economista Richard Cantillon (véase su “Ensayo del comercio en general”, editado por primera vez en 1.755) trató el asunto del dinero y sus conclusiones fueron algo distintas.

Precisamente sobre el proceso de expansión monetaria, Cantillon afirma que la inyección monetaria no se produce de forma automática sobre todos los sectores económicos de la sociedad. En su ejemplo, Cantillon explica magistralmente cómo cuando el Estado realiza una inyección monetaria, esta inyección se filtra primero por uno de los sectores de la economía, que será aquél designado por el gobierno (el sector minero en el ejemplo de Cantillon). Así, los trabajadores del sector experimentarán un aumento de su poder adquisitivo, ya que cuentan con más dinero en su poder mientras que los precios aún no han subido de forma generalizada. Así, poco a poco, la inyección monetaria comienza a cambiar la estructura de precios relativos de la economía. Por ello, de la teoría de Cantillon se extrae que el dinero no es neutral, y su manipulación tiene efectos perversos. La distorsión en la estructura de precios relativos produce una descoordinación entre los agentes. Dependiendo de quienes reciban el dinero, las decisiones pueden ser diferentes. Si el nuevo dinero se gasta en bienes de consumo, los precios de dichos bienes subirán y cambiarán necesariamente los precios relativos. Por el otro lado, si el nuevo dinero llega en primer lugar a los prestamistas, éstos aumentarán la oferta de fondos prestables, reduciendo con ello el tipo de interés e incrementando la inversión. Finalmente lo que se consigue es que tanto la inversión como el consumo presente aumenten, cuando en realidad ambas variables deberían comportarse en sentido contrario.

Cantillon sienta las bases de la teoría austriaca de los ciclos económicos, que explica cómo la expansión monetaria induce un proceso de sobreinversión que no está sostenida por ahorro real. Una explicación que Friedman no tuvo en cuenta en su helicóptero…

¿Por qué Suecia no es el ideal socialista?

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Escribo este post agradeciendo la conferencia celebrada en el Institute of Economic Affairs e impartida por el Dr. Christian Sandström, investigador en el Ratio Institute de Estocolmo.

El motivo de dicha conferencia era tratar uno de los tópicos más extendidos en economía: Suecia como modelo ideal de la socialdemocracia. En efecto, muchos políticos y economistas, cuando intentan justificar sus medidas de política económica, todas ellas encaminadas al aumento del gasto público, subidas de impuestos, etc, siempre recurren al país nórdico para alabar las virtudes de su sistema, recomendando a los gobiernos copiar el modelo sueco de economía y de Estado de Bienestar, que garantice todos los servicios públicos y mantenga superávit presupuestario a costa de unos altos impuestos. Y es que los servicios públicos de calidad hay que pagarlos.

Pues bien, si analizamos la historia económica más reciente de Suecia, hay que señalar que a finales del siglo XIX era uno de los países más pobres de la tierra. En la actualidad, sin embargo, es el tercero o cuarto país más rico del mundo. ¿Por qué?

El principal motor del crecimiento económico sueco en el siglo XX ha sido la innovación tecnológica. Podemos dar dos ejemplos de peso: LM Ericsson ( a principios del siglo XX) y Volvo (en 1.930). Estas innovaciones se lograron bajo un sistema muy alejado del socialismo: Impuestos bajos y Libre Comercio. El Gobierno sueco, entonces formado por el Partido Socialdemócrata, supo entender que las innovaciones precisan de un clima adecuado para favorecer la inversión y, por supuesto, el capital. Así lo manifestó uno de sus políticos más importantes, Gustav Möller, quien afirmó que unos impuestos altos suponían un verdadero robo a la sociedad.

Gracias al libre comercio, Suecia experimentó un crecimiento económico muy importante. Y es que, a pesar de que a partir de 1.945 se subieron los impuestos rápidamente, el país pudo exportar bienes y materias primas a todo un continente europeo hundido bajo los daños de la Segunda Guerra Mundial y concentrado en una  industria de guerra.

Estudiando el modelo sueco, el gran economista Schumpeter, concluyó en su obra “Capitalismo, Socialismo y Democracia” que, si hubiese que definir a Suecia como país socialista, su socialismo se debe a una distinción, y es que  “the Swedish nation is made of and to its exceptionally well-balanced social structure”. Por ello, Schumpeter negaba que el modelo sueco pudiera exportarse a cualquier otro país.

Asimismo, es interesante señalar que Suecia, en la década de los 90 del siglo pasado, fue uno de los primeros países en realizar reformas de calado como la desregulación de sus mercados financieros, la flexibilización del mercado laboral o la privatización parcial de su sistema de pensiones en el año 1.994, medidas todas ellas tan temidas por los socialistas.

El problema actual de Suecia es, precisamente, su alta presión fiscal sobre la economía privada, lo que impide que los suecos puedan acumular activos porque no pueden ahorrar dinero. Las estadísticas muestran un incremento de la deuda privada y el desempleo juvenil, lo cual puede comprometer de forma considerable el crecimiento económico del país en el largo plazo. (Véase a este respecto Bloomberg:  http://www.swedishwire.com/economy/18184-private-debt-hits-record-in-sweden ; http://www.bloomberg.com/news/2012-12-05/swedish-household-debt-growth-is-swedbank-s-biggest-worry.html)

En conclusión, la razón del crecimiento económico sueco en la historia económica contemporánea se encuentra en un sistema de impuestos bajos que favorecieron las innovaciones tecnológicas y en el libre comercio. Son precisamente las subidas de impuestos las que están originando problemas que preocupan muy seriamente al país, por lo que la idea de Suecia como paraíso socialdemócrata, se constituye como otro tópico que nada tiene de cierto y que es necesario derrumbar.

El sistema público de pensiones: la mayor falacia de nuestros gobernantes.

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La semana pasada leíamos en la prensa los resultados del informe “Panorama de las Pensiones 2013” publicado por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), cuyas conclusiones han sido muy negativas. En efecto, dicho organismo advierte que en España y en otros muchos países desarrollados, las generaciones venideras que tendrán que sostener a los jubilados recibirán una pensión más baja y que por tanto tendrán que ahorrar más para poder retirarse en el futuro.

A este respecto, las reacciones de nuestros políticos siguen siendo las mismas. El gobierno español garantiza la sostenibilidad de las pensiones y no para de repetir que se hace necesaria una revisión profunda del Pacto de Toledo para diseñar reformas de calado. Hasta el momento, lo único que se plantea en España es retrasar la edad de jubilación. Sin embargo, este tipo de medidas únicamente pueden evitar el problema en el corto plazo.En el largo plazo, el sistema de pensiones públicas cae por su propio peso, y el Estado, lejos de poder ser la solución, es el principal responsable.

Nuestro sistema de pensiones, al igual que el de la gran mayoría de países desarrollados, está diseñado conforme a lo que los anglosajones denominan “PAYGO model”. Este modelo consiste en que el Estado realiza transferencias intergeneracionales (pay as you go) desde la población activa trabajadora hacia la población jubilada. Pues bien, este modelo está basado en los famosos esquemas piramidales  (también llamados esquemas de Ponzi), es decir, que para que el sistema funcione, la base de la población que paga tiene que crecer indefinidamente. Sin embargo, esto no está sucediendo, sino más bien todo lo contrario. La población activa que ha de mantener a los jubilados es cada vez menor, y aunque el gobierno pueda retrasar el problema endeudándose indefinidamente, no podrá evitar el colapso del sistema.

La provisión pública de pensiones es un fallo de los gobierno porque crea incentivos perversos:

En primer lugar, se garantiza una pensión a todo jubilado con independencia del número de hijos que haya tenido (si es que ha tenido alguno), siendo precisamente una de las causas del envejecimiento de la población.

En segundo lugar, es un hecho confirmado por la evidencia empírica que los esquemas de pensiones ofrecen generosas prestaciones para los prejubilados, lo cual ha favorecido a que la prejubilación sea un hecho muy común en algunos países y que cada vez menos personas se retiren a la edad de jubilación normal. (véase Gruber y Wise (2005): “Social security program and retirement around the world: fiscal implications. Introduction and summary”, NBER Working Paper no.11290.)

Por último, la teoría económica, reforzada por otros estudios empíricos, afirma que existe un efecto sustitución entre la provisión pública de pensiones y el ahorro privado. Es decir, los jóvenes tienen pocos incentivos a ahorrar para poder consumir en su vejez. Además, el pago de las cotizaciones a la Seguridad Social, unido a las crecientes subidas de impuestos y a las políticas monetarias que propician el apalancamiento masivo, impiden que los jóvenes puedan acumular riqueza.

Si el sistema no funciona ¿por qué no se cambia? En este interrogante es clave el factor político. Los economistas de la Public Choice demostraron que, efectivamente, quienes votaron a favor del modelo actual de pensiones son precisamente los que se beneficiaron de las prestaciones sin tener que contribuir por ello. Es decir, las personas que podrían haberse opuesto al sistema (los que pagarían a los jubilados), o bien no tenían edad para votar, o ni siquiera habían nacido. Por eso es tan difícil acabar con el sistema, porque quienes ya se encuentran dentro no quieren renunciar a su prestación. y se atreven a decidir en nombre de las futuras generaciones.

La OCDE culmina recomendando una mayor educación que incentive el ahorro privado. Yo añadiría una mayor sensatez por parte de todos los gobiernos que han utilizado las pensiones como herramienta política sin ni siquiera permitir otras muchas fórmulas por parte de la iniciativa privada que de verdad ofrezcan incentivos al ahorro y con ello unas pensiones que sean sostenibles en el tiempo.

Soy liberal, sólo pueden matarme con balas de oro.

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Algunos lectores, si no todos, quedarán impresionados ante el título tan alarmante de este post. No se sorprendan, hoy en día admitir ser un liberal en economía es cosa semejante a defender el egoísmo frente al bien común, la “ley del más fuerte” frente al Estado de Derecho o la eficiencia frente a la equidad. Es decir, el concepto de liberalismo ha sido absolutamente viciado y manipulado en su contenido.
Me permito aquí intentar definir brevemente los fundamentos del liberalismo bien entendido. En efecto, la sociedad puede ser entendida desde dos ámbitos: liberal y constructivista.
El constructivismo postula que el Estado puede y debe diseñar la sociedad vía mandatos y ser el garante de la igualdad económica. Tras la caída del muro de Berlín en 1.989, el politólogo Fukuyama proclama el “fin de la historia” y la imposición de la economía de libre mercado sobre el resto de ideologías. Sin embargo, el socialismo se ha acrecentado a través de la democracia absolutista y el Estado de Bienestar, entendiendo el socialismo como todo sistema de coacción institucional al libre ejercicio de la función empresarial.
El ataque al liberalismo es evidente hoy en día, adornando dicho término con otros aditivos como “materialista”, “ultra” o “neo”. Algunos incluso hablan de políticas “neocon” o “neoconservadoras”, asociando de esta manera el liberalismo con lo que en realidad es un socialismo de derechas o liberalismo utilitarista que propugna la libertad, pero supeditada al Estado, el cual tiene ciertas funciones asignadas, como la redistribución de la riqueza, el estímulo de la economía a través de la política fiscal y monetaria, etc.
No obstante, el liberalismo que aquí se reivindica es otro, pudiendo calificarlo, como bien hace el economista Pascal Salin, de un liberalismo humanista, es decir, que responda a la esencia de la naturaleza humana.
Los fundamentos del liberalismo humanista son tres: Libertad, Propiedad y Responsabilidad.
A pesar de lo que habitualmente se afirma, la libertad no implica anarquía en cuanto a la ausencia del derecho (esa ley de la selva o lucha del más fuerte), sino que cuestiona la concepción del Estado de Derecho. El derecho es consuetudinario, y por tanto, anterior al Estado, o si se prefiere, es una institución que surge de una manera espontánea y no deliberada, en un proceso muy dilatado de tiempo a través de los intercambios voluntarios y la cooperación social de los individuos. Por ello, sólo el liberalismo permite una clara definición de los derechos de propiedad. El Estado sólo puede imponer coactivamente la provisión de bienes y servicios públicos, levantando cotos a la iniciativa privada y originando la llamada “tragedia de los bienes comunales” (contaminación, derroche de los recursos, etc).
La propiedad privada no ha de entenderse como un egoísmo que vaya en contra del bien común, sino como el único fundamento en virtud del cual cada hombre, dentro de las actividades que desarrolle y en base al riesgo aceptado y de los resultados generados a la sociedad, tiene el derecho de apropiarse de las ganancias que se derivan de dichas actividades. Sólo así la iniciativa privada puede crear riqueza y que la sociedad progrese, porque el derecho de propiedad permite generar los incentivos necesarios para la innovación y la producción de bienes y servicios. El socialismo, que niega este derecho natural, únicamente puede plantear lo que los primeros teóricos comunistas denominaron “incentivos morales”: la ciudadanía es buena y todos trabajamos por el bien común. Sin embargo no es así, y es que el interés individual es el que mueve al individuo a actuar para satisfacer sus necesidades, como el bienestar de su familia y el suyo propio.
Por último, responsabilidad, es decir, libertad individual bajo la ley, pero basada en los principios generales del derecho y no en la maquinaria legislativa del gobierno. Como bien estudia Hayek en su “Derecho, Legislación y Libertad”, los principios del derecho no pueden ser un conjunto de mandatos que defina un político en aras del interés común. Los principios son la guía que permite a los agentes darse cuenta de que sus conocimientos son limitados y que deben actuar con responsabilidad en el curso de sus acciones teniendo en cuenta las repercusiones que pueda generar, y por ello dichos principios son descubiertos por la experiencia.
De esta manera, por ejemplo, si una empresa actúa mal sufrirá la penalización del consumidor. Frente a la idea del antagonismo o la lucha de clases, el liberalismo propugna los intercambios voluntarios y los acuerdos donde ambas partes se beneficien mutuamente.
Confío en poder derrumbar ciertos tópicos sobre el liberalismo, que dibujan al liberal como un ser egoísta y fuerte, sobre quien únicamente cabría añadir que “sólo pueden matarle con balas de oro…”

Jean Baptiste Colbert: El icono del intervencionismo estatal

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La figura de Colbert se ha constituido en la historia del pensamiento económico como el máximo exponente del llamado mercantilismo francés del siglo XVII. Dicha corriente apareció como consecuencia del desarrollo del Estado-Nación. El creciente poder de los reyes y sus nobles fomentó los grandes gastos del gobierno, así como las alianzas entre nobles y el surgimiento de los primeros monopolios industriales. De esta manera, se justificaba la provisión de metales preciosos para evitar que el dinero huyese del país. Todas estas prácticas incrementaron notoriamente el papel del Estado, con mayor intervención e imposición a los ciudadanos. No obstante, los mercantilistas supieron justificar estas prácticas en aras de la defensa y el porvenir del omnipotente Estado.

De esta manera, Jean Baptiste Colbert (1619-83), encarnaría el compendio de las ideas mercantilistas que llevaría a la práctica en calidad de máxima autoridad económica en el reinado del Rey Sol.

Este compendio de ideas mercantilistas se basaba en: fomentar y conservar el metal en lingotes dentro del país, con el fin de engordar las arcas del Estado, prohibición de exportarlo, cartelización mediante el establecimiento de elevados niveles de calidad obligatorios, subvención a las exportaciones y restricción a las importaciones hasta que Francia llegase a ser autosuficiente. En la política de impuestos, Colbert se manifestaba claramente a favor de la abrupta coacción e imposición sobre los ciudadanos franceses.

La concepción colbertiana del comercio era sin duda perversa, y es que ninguna nación podía obtener beneficios derivados del comercio mientras otra nación no perdiese. El comercio es un juego de suma cero. Sin embargo, la teoría económica ha demostrado que el libre comercio beneficia a todos los países y la libertad y la competencia aseguran el crecimiento y el desarrollo del país. No obstante, para Colbert, estas ideas defendidas por los mercaderes eran totalmente mezquinas y egoístas.

Durante su gestión, Colbert incrementó el peso del Estado y de la burocracia francesa.

Siguiendo los precedentes de los “mendigos sanos”, obligó a los “holgazanes y vagabundos” del país a realizar trabajos forzosos. Su especial preocupación fue poner bajo control del Estado la vida intelectual y artística de la nación. De esta manera, se derrocharon millones de livres para la construcción de edificios que ensalzaran al rey. La Academia Francesa fue nacionalizada. Igualmente, la Academia de Pintura y Escultura fue reforzada, imponiendo a los artistas su trabajo siempre al servicio del rey. El teatro francés fue monopolizado bajo la Comédie Francaise. Las subvenciones se multiplicaron a los artistas del rey.

Su fin al servicio de Luis XIV era el de la industrialización de Francia a base de la intervención estatal directa.

Todas sus medidas fueron recogidas en la llamada política del colbertismo: se elevaron notablemente los aranceles, se limitaron las importaciones de determinados bienes, se fortalecieron las regulaciones de calidad y se pusieron trabas a las innovaciones para proteger el statu quo industrial y ocupacional. No hay duda de que Colbert fue todo un proto keynesiano. El rey le recompensó con más de diez millones de livres por los servicios a la nación. El colbertismo pasó a ser la herramienta fundamental de toda política económica activa.

España, cuna del liberalismo: Luis de Molina y la Escuela de Salamanca.

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La Escuela de Salamanca, fundada por Francisco de Vitoria en la década de 1520, intentaba dar respuesta a los fenómenos de naturaleza económica que venían sucediéndose en la España Imperial de Carlos V.

Aunque fundamentalmente los escolásticos elaboraron teorías para explicar los efectos perversos de la expansión monetaria y de la inflación, también se centraron en cuestiones más reflexivas como el tratamiento de la usura y, en último plano, de la libertad. En estos interrogantes, Luis de Molina ocupó un papel definitivo.
Este conquense, procedente de familia noble, tras una estancia breve en Salamanca, marchó a la Universidad de Alcalá. Pasó gran parte de su vida en Portugal, primero como alumno, y posteriormente como profesor a la orden de la Compañía de Jesús. Al final de su vida, retirado en su ciudad natal de Cuenca, escribió su obra cumbre, “De justitia et jure” , recogida en seis volúmenes, donde Molina da forma a todo un cuerpo de pensamiento que se constituye como el germen del liberalismo.

En el campo monetario, Molina hace grandes avances en la explicación de los tipos de cambio entre monedas. Analiza los efectos de la inflación, expresando que la abundancia de moneda hace caer su valor y dichos efectos se irán propagando desde el Nuevo Mundo (de donde sale el oro) hasta Sevilla (el lugar de destino) y posteriormente al resto de España. Igualmente trata la demanda de moneda, advirtiendo que “Allí donde sea mayor la demanda de moneda, sea para comprar o transportar bienes, realizar cualesquiera negocios, pagar las soldadas de una guerra, mantener la corte o por cualquier otra causa, allí será también mayor su valor”. Asimismo, es evidente la condena del escolástico a cualquier manipulación sobre los tipos de cambio de las monedas por parte del gobierno, ya que dicha manipulación va contra la lógica de las variaciones en la oferta y demanda, y por tanto es justo que los tipos fluctúen acorde a sus variaciones.

En el tratamiento de la usura, Molina hace importantes avances en la justificación del cobro de intereses, ampliando la línea de argumentos en lo relativo a la asunción de riesgos por parte del prestamista y en el lucrum cessans (entendido como el pago de intereses al prestamista en concepto del coste de oportunidad que éste soporta al prestar el dinero en lugar de destinarlo a otras actividades), el cual es concebido por el escolástico como un principio general en el derecho y en la economía de mercado.

Asimismo, Molina desempeñó una labor importante en el estudio de los derechos naturales y los derechos de la propiedad, que habían sido relegados a un segundo plano por parte del resto de estudiosos. De esta manera, se produjo una disputa entre Molina y Báñez, que pertenecía a los Dominicos.

Báñez adoptó la postura determinista que propugnaba que la salvación es obra exclusiva de Dios y ha sido decretada desde el comienzo del mundo. Es un suceso inexorable. Sin embargo, Molina fue el defensor de la voluntad libre, y es que para él la salvación depende de la libre voluntad de cada individuo, el cual elige libremente aceptar a Dios en su vida y salvarse.

Partiendo de esta base, Molina desarrolla la teoría activa de los derechos de la propiedad, según la cual, un derecho no es una exigencia que quepa ejercer sobre la propiedad de algún otro, sino, al contrario, un derecho perfectamente definido a usar la propiedad sin que la exigencia de algún otro pueda impedirlo.

Así pues, la esencia de la teoría de Molina es que concibe al hombre como un ser libre e independiente, que no está determinado a actuar por ninguna fuerza inexorable, sino que él elige actuar y el modo en que desea hacerlo. Por tanto, frente a la postura determinista y posteriormente marxista del hombre, Molina se sitúa como precedente de la acción humana, base de la economía praxeológica de la Escuela Austriaca.

On methodological issues (IV): Austrian Method vs Positivism

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We will proceed to analyze the main contribution in the field of methodology by one of the most important figures of the Austrian School of Economics: Ludwig Von Mises.

In the first part of his great treatise on political economy, “Human Action”, Mises addresses the epistemological questions and the method of social sciences. His thesis opens the debate of the methodological dualism , considering that the method of the natural sciences can not be applied to the case of the social sciences. The implantation of empirism and positivism is detrimental to the social sciences in general, and to the economy in particular. This is so, according to Mises, because economic science has a very different nature than that of natural sciences.

Statements in economics are, as the logic in mathematics, “a priori”. They can not be verified or falsified, because they are prior to any experience. Mises adopts the term of praxeological science: praxis-logical, this is to say, the logic of action. For many economists, this premise may result dogmatic and unscientific. Nevertheless, we find some interesting referents, such as the eminent Jean Baptiste Say, who much before Mises argued that political economy consists in a set of general principles which do not precise test, because they emerge from undeniable facts and their deduction.

Therefore, the process of validation of hypotheses is different in social sciences that in natural sciences. In these latter, the validation is clear. Natural scientists can isolate any element and test it, experiment with it and contrast the results. In economics, certain propositions such as the marginal utility, the exchange or the intertemporal consumption, do not need being tested, because we deduce them logically and they can not be denied unless we fall into a logical inconsistency.

Accordingly, Mises, influenced by Kant, asserts that in social sciences there are true synthetic a priori propositions. This is to say: propositions whose truth can be definitively established without need of observations (a priori), but to do so the means of formal logic, if well necessary, are not enough (synthetic). That is why we need the axioms, which may result more difficult to find out than any empiric test.

Axioms are self-evidents because one can not deny them without falling into a logical contradiction. They are found through the reflection over ourselves, understanding us like actors who know.

The empirical observation shows us the facts as they occur, but it does not tell us why they occur in the way they do. Mises is based from axioms of action aprioristically deduced, considering economic actor as a “homo agens”. We can not deny the axiom of human action, because precisely the act of denying it is an action in itself.

In conclusion, these categories of Human Action can not be verified or falsified. The axioms of action are not observable. Thus, propositions in economics are not and will never be the same as those in natural sciences.

Within this theoretical scheme, other important contributions from economists like Jesus Huerta de Soto, have demonstrated the grave inconsistencies of modern positivism represented by Milton Friedman (as afore explained, mainly influenced by Popper´s Logic of Scientific Discovery). According to Huerta de Soto, if the character of “scientific” of a statement is given by its capacity of being falsified, as stated by the criterion of falsification, then there are two obvious inconsistencies:

-First, if this is true, ¿what is the theorem of falsification if not another statement? This proposition can not be falsified. Then, there is a logical contradiction. The method of falsification can not be applied to the own method of falsification.

-Second, before any falsification or contrasting with reality, the positivist scientific will be forced to give a previous meaning to the reality he is observing to. Thus, any meaning of facts always implies a prior theory.

Despite these objections, Huerta de Soto carries on showing that the particularity of social sciences makes impossible the success of positivist model. This is so due to the role of categories in social sciences, which are purely essentialist or teleological. Money is not money because it is a piece of gold or silver. It is money based on the “meaning”, “order”, “end” that economic agents believe it has for they, which is none other than medium of exchange.

To conclude, the peculiar nature of social sciences implies, following the austrian model, that the method of research must be different from the method applied in natural sciences. An essentialist method based on the axioms of human action whereby propositions are logically and aprioristically deduced.

Fréderic Bastiat y la Escuela Liberal de Francia.

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A pesar de que siempre se ha considerado a Francia como un país socialista, donde la constitución de la democracia y del actual Estado francés han costado mucha sangre, sudor y lágrimas, resulta necesario revisar la vida y obra de ciertos intelectuales que, frente a la gran mayoría, deseaban una Francia libre de cualquier tipo de totalitarismo estatal, ya estuviera disfrazado de Revolución Francesa, de imperialismo de Napoleón Bonaparte, o de cualquier otro antifaz.

En la Francia de comienzos del siglo XIX, las aportaciones de Jean Baptiste Say y otras notables figuras fueron decisivas para cultivar toda una generación de economistas defensores del llamado laissez- faire, en contra del estatismo y de cualquier privilegio. La ciencia económica impartida en las universidades francesas estaba impregnada de este axioma. Fueron estos economistas los primeros que elaboraron las Enciclopedias y Diccionarios económicos, al igual que comenzaban a realizarse los primeros estudios de la historia del pensamiento económico. Podemos mencionar la Historie de l´économie politique en Europe, de Jérome-Adolphe Blanqui.

En medio de este efluvio cultural, Fréderic Bastiat se convirtió en el más famoso de los economistas franceses del laissez-faire. Fue el máximo defensor del mercado libre sin restricciones.

Bastiat explicaba con gran claridad didáctica el problema de la intervención en economía en virtud de los grandes y alabados objetivos de pleno empleo y crecimiento. Ejemplifica la famosa fábula de la ventana rota: un niño travieso arroja una piedra contra el escaparate de una tienda y lo rompe. En ese momento se dan tres niveles de análisis económico. En el primer nivel, los transeúntes se reúnen y comentan el suceso acaecido con el tendero, el cual deberá gastarse el dinero en reparar la ventana.

En el segundo nivel, aparece el analista protokeynesiano. Este analista proclamaría lo beneficioso de la rotura de cristal, ya que al efectuar el gasto de reparación, el tendero está dando empleo a los reparadores, incentivando el consumo y la producción a través del multiplicador.

No obstante, como bien indica Bastiat, el buen economista es aquel que analiza lo que se ve, pero también lo que no se ve. Así, en el tercer nivel, el analista liberal se da cuenta de que realmente el efecto de rotura de ventana es pernicioso, ya que el tendero se ve obligado a reparar el cristal, en lugar de emplear ese dinero para otros fines más productivos, como sería el caso de la acumulación de capital, que solo a través del mismo se puede lograr un crecimiento sostenible y duradero.

En su calidad de divulgador, Bastiat realizó numerosos escritos. En su obra La Ley, analiza los efectos de la intervención del Estado contra el libre mercado, culminando que la ley debe garantizar la única función del Estado como encargado de la defensa de la seguridad y de la propiedad privada. Estableció la famosa tríada de Necesidades, Esfuerzos, Satisfacciones: las necesidades constituyen el fin de la actividad económica, dan origen a esfuerzos y, eventualmente, rinden satisfacciones. Además, Bastiat dio un paso definitivo al concluir que los agentes somos capaces de medir nuestras necesidades en una escala valorativa, lo que ha servido de base para los futuros estudios de la utilidad marginal.

Como político activo, fue miembro de la Comisión de finanzas de la Asamblea, donde intentó reducir el creciente gasto público así como los impuestos. Se mostró totalmente en contra de las políticas socialistas y comunistas y abogaba por un sistema que permitiese la libre actividad del mercado.

La posterior influencia de Bastiat sobre los economistas del laissez-faire fue decisiva, sirviendo como referente para otros teóricos como Gustave de Molinari, el cual desarrolló el esquema liberal de Bastiat a otras esferas como el de la seguridad privada.