Los límites de las políticas públicas

contrafactual

En el año 1922, el oficial del Ejército británico Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, (quien sería inmortalizado posteriormente en la genial superproducción de David Lean), se registró en la base de la Royal Air Force (RAF) en Farnborough, bajo un pseudónimo que le permitiese pasar desapercibido tras el fin de la Primera Guerra Mundial, un acontecimiento en el cual este joven arqueólogo alcanzó un protagonismo no deseado tras desempeñar un papel histórico en la revuelta árabe frente al Imperio otomano.

En su famosa obra “El Troquel”, Lawrence manifiesta su propia experiencia como soldado raso en la RAF, donde, entre otros episodios, relata un enfrentamiento con uno de los sargentos. En la trifulca, el superior se mofa de la supuesta ignorancia de Lawrence cuando le pregunta: ¿qué es lo que sabes?

Ante esta pregunta, Lawrence, pudiendo revelar su identidad y acabar con la carrera militar del sargento, prefiere adoptar una estrategia más prudente y, también, algo pedante, contestando sin vacilar: Bueno, mi sargento, específicamente, desde luego, no podemos saber nada, pero como el resto de nosotros, he vallado mi vida con un andamiaje de hipótesis más o menos especulativas.

Esta anécdota nos introduce a un problema tan complejo como es la evidencia del denominado conocimiento científico. Tal problemática ha sido tratada en extenso en este blog (aquí o aquí), si bien desde un punto de vista abstracto atendiendo a la epistemología de la ciencia económica.

Por ello, para demostrar la relevancia de esta cuestión, resulta conveniente aterrizar el análisis a un terreno más práctico y concreto, como pudiera ser la evaluación de las políticas públicas.

En una sociedad cada vez más informada gracias al fenómeno de la democratización de la información que permite la economía digital, los ciudadanos comienzan a ser más exigentes con los políticos, demandando transparencia y un gobierno abierto. Por esta razón, los políticos tratan de justificar su gestión mediante la evaluación de aquellas políticas públicas que aprueban en aras de mejorar el bienestar de la sociedad.

Sin embargo, más allá de los beneficios políticos que puede generarle al gobierno de turno lucir la chapa, es preciso reconocer que cualquier evaluación de políticas públicas puede resultar muy engañosa. Veamos por qué.

El objetivo tácito de la evaluación consiste en demostrar si se ha generado o no un impacto positivo en la sociedad (o en algún colectivo concreto) mediante el desarrollo de una determinada acción o programa. En un primer nivel de evaluación, lo más razonable consistiría en valorar el efecto directo de dicha política tras su implementación. Si el resultado del colectivo “beneficiario” del programa es que ha mejorado tras la implementación del mismo, significa que la política ha funcionado.

No obstante, descendiendo a un segundo nivel, es fácil advertir que en el proceso de evaluación únicamente es posible observar lo que ha ocurrido en el mundo fenoménico, es decir, en la realidad tal y como es percibida por el evaluador. Pero no es posible observar lo que no ha ocurrido.

Por ejemplo, imaginemos que tras la implantación de un determinado programa educativo, el rendimiento escolar medio ha aumentado sobre el colectivo beneficiario, pero no podemos saber cómo se habría comportado dicho rendimiento ante la ausencia del programa educativo. Pudiera ser que un programa educativo demasiado restrictivo elimine los incentivos a la meritocracia por parte del alumnado, y que en consecuencia, el rendimiento aumentase en mayor proporción ante la ausencia del programa. Este escenario irreal de lo que podría haber ocurrido sin la política, se denomina contrafactual.

Los economistas e investigadores sociales en general, tienen muy en cuenta el escenario contrafactual, al menos desde un punto de vista conceptual en el momento de abordar una evaluación.

No es así en el caso de los políticos, que sólo necesitan reunir las correlaciones estadísticas necesarias con las que defender que sus políticas son exitosas. En el caso de España, el organismo responsable de evaluar las políticas públicas es la AEVAL (Agencia Estatal de Evaluación de las Políticas Públicas y la Calidad de los Servicios). En calidad de agencia estatal, es forzoso concluir que el examinador (el Estado) es a la vez el examinado (el Estado), por lo que el interés de realizar evaluaciones serias bajo un método que contemple el contrafactual es muy bajo. Por ello no es de extrañar que la gran mayoría de las evaluaciones de políticas públicas se realicen bajo el denominado método de diferencia simple pre-post, comparando al colectivo beneficiario de la política antes y después de su implementación. Ya hemos demostrado en el ejemplo anterior que esta metodología resulta claramente disfuncional, dado que no contempla las circunstancias que varían con el transcurso del tiempo y que pueden condicionar el resultado en mayor medida que la propia política.

En el plano científico, existen otras metodologías que persiguen ser lo más precisas posibles. Dado que es imposible conocer el contrafactual, una solución consensuada por la comunidad de investigadores es tratar de estimarlo a través de dos grupos:

  • Grupo de tratamiento: El colectivo beneficiario del programa que se va a evaluar
  • Grupo de control: El colectivo que no participa en el programa que se va a evaluar

Comparando la diferencia entre ambos grupos tras la implementación de la política, podemos aproximarnos a una evaluación de impacto más robusta.  Siguiendo nuestro ejemplo, el grupo de tratamiento podría ser una clase o grupo de alumnos seleccionado como caso piloto del programa educativo, y el grupo de control se referiría al resto de clases que componen la institución educativa.

accion colectiva

¿Se logra así la cuadratura del círculo? Lamentablemente no.  La definición de ambos grupos de control y de tratamiento no está exenta de potenciales sesgos, como aquellos que pueden derivarse del tamaño apropiado de la muestra seleccionada para obtener resultados significativos,  o la homogeneización de características entre los agentes de cada grupo que garantice consistencia, así como otros múltiples factores. Los modernos métodos experimentales basados en las evaluaciones aleatorias (Randomised Control Trials-RCTs) se encuentran en una controversia muy polémica acerca de si son realmente eficaces para estimar el contrafactual.

Angus Deaton, Premio Nobel de Economía del año 2015, se ha mostrado muy crítico con la capacidad de estas evaluaciones para obtener resultados concluyentes que justifiquen el éxito de determinadas políticas. Para este economista escocés, los modelos empíricos no pueden funcionar en modo alguno mientras dejen de lado a la teoría económica, ese andamiaje de hipótesis con las que el evaluador puede dar una interpretación consistente a los datos que observa, teniendo en cuenta la subjetividad inherente en el proceso.

Por tanto, hemos comprobado que el problema técnico de la evaluación de políticas públicas continúa muy abierto en la actualidad.

No obstante, si tuviéramos que asumir que dicho problema estuviese resuelto, quedaría pendiente el problema económico, es decir, la decisión de cuál es el objetivo óptimo que persigue una determinada política pública. Todos los ciudadanos podemos estar de acuerdo en querer gozar de una buena pensión en nuestra jubilación, o tener una educación de calidad que permita a los jóvenes acceder a un mercado laboral que sea productivo y se traduzca en mayores salarios. Sin embargo, las decisiones concretas de cada uno de los individuos acerca de cuáles son los mejores medios que logren estos fines difieren en una gran multitud de factores y matices. Por esta razón, los mecanismos de la denominada democracia directa suelen arrojar a menudo resultados tan conflictivos como el reciente BREXIT celebrado en el Reino Unido.

Por tanto, no es posible realizar cálculos utilitarios que recojan las preferencias de cada individuo y maximicen una función de bienestar social. Esta conclusión ha sido confirmada por numerosos investigadores como Kenneth Arrow o Mancur Olson, e invita a reflexionar sobre el alcance que debería tener el Estado en el diseño de sus políticas públicas. Un Estado excesivamente paternalista bajo el cual “todos decidimos sobre todos” puede caer en el error de restringir las preferencias y necesidades de una minoría para favorecer los intereses de la mayoría. Frente a este modelo social, un Estado asistencial mínimo en el cual “cada uno decide sobre sí mismo” permite que el mercado ofrezca las soluciones que se adapten a la infinita variedad de preferencias de los ciudadanos, que cambian continuamente.

En conclusión, es importante que la ciudadanía sea crítica y comprenda el límite del Estado en la definición de las políticas públicas que recojan las preferencias de todos los ciudadanos, y finalmente, en su capacidad para evaluar los resultados de dichas políticas más allá de la obtención de réditos políticos.

Keynes y Hayek: De liberal a liberal

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Hace pocas semanas, se produjo el 70 aniversario de la muerte del célebre John Maynard Keynes (1883-1946), posiblemente el economista más conocido después de Adam Smith en la historia del pensamiento económico.

Concentrar toda la obra intelectual de Keynes en un artículo resulta sencillamente absurdo, dado que este esfuerzo titánico comprendería diversas monografías si tan sólo nos ciñésemos al ámbito económico. Keynes fue un estudioso multidisciplinar, y más allá de la economía, su apetito abarcó numerosas materias como la historia, las matemáticas, la literatura, la filosofía y el arte en general. De hecho, tal compendio de saberes queda plasmado en los libros de este británico controvertido, de entre los cuales cabe destacar su famosa “Teoría general del empleo, el interés y el dinero”, publicado en 1936.

Su teoría formó un verdadero paradigma, entendiendo este concepto tal y como lo definió Thomas Kuhn, es decir, como el conjunto de afirmaciones científicas universalmente reconocidas que, por un tiempo, proveen un modelo analítico de resolución de problemas a la comunidad de investigadores.

El germen del paradigma keynesiano se produjo en el contexto económico del crac de 1929 y  la Gran Depresión de los años 30, donde la gran mayoría de países industrializados, y muy especialmente Estados Unidos y Reino Unido, sufrieron elevadas tasas de paro. Sin embargo, la teoría económica entonces vigente, dominada por el modelo clásico, se mostraba incapaz de explicar el origen de la crisis y mucho menos de proponer soluciones para mitigar sus efectos. Esta incapacidad de los economistas clásicos ya ha sido tratada en este blog a partir del análisis de la metodología empleada en la ciencia económica, basada en los modelos estáticos de equilibrio que asumen que los precios y salarios se ajustan automáticamente en unos mercados de competencia perfecta, donde millones de empresas ofrecen el mismo tipo de bienes a un precio de equilibrio.

Keynes afirma que el mercado dista mucho de ser perfecto, ya que existen ciertas rigideces que impiden que el ajuste de precios y salarios sea automático. Esta idea fue posteriormente desarrollada por los economistas postkeynesianos, al estudiar que la economía es esencialmente contractual, y, por tanto, en este marco surgen diversos costes de transacción que hacen que los precios y salarios sean viscosos.

Esta idea tiene mucha relevancia para Keynes en el mercado de trabajo, donde confluyen diversas causas institucionales e históricas que provocan que los salarios no sean flexibles ante los posibles cambios entre la oferta y demanda de factor trabajo y que, en consecuencia producen que el desempleo no sea voluntario (como rezaba la economía clásica). Estas causas institucionales e históricas se resumen en la fijación de salarios por parte de los sindicatos o en la ilusión monetaria que sufren los trabajadores al confundir el salario nominal con el salario real.

Teniendo presente esta concepción del mercado de trabajo, Keynes trata el origen de los ciclos económicos.

Su idea central es que los ciclos de auge y recesión giran en torno a una variable que él califica de inestable: la inversión.

Para Keynes, la inversión está determinada fundamentalmente por lo que la profesora Joan Robinson denominó los animal spirits, esto es, las fuerzas de optimismo que animan a los empresarios a invertir en base a sus expectativas.

Agregando sus expectativas de inversión y ventas futuras, los empresarios anticipan una demanda con la que adaptar su producción. Siguiendo la tesis de Keynes, si esta demanda “efectiva” es inferior a la demanda “nocional”, que es aquel nivel de demanda que garantiza el pleno empleo, el resultado es que la oferta global de producción se reduce y por tanto disminuirá el empleo, el consumo y el ingreso de los trabajadores.

La solución planteada por Keynes para garantizar el pleno empleo es que, siempre que la demanda efectiva sea insuficiente, el Estado debe intervenir para estimular dicha demanda mediante la política fiscal.

 

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A la vista de este modelo, parece razonable pensar que la solución keynesiana pudiera ser la panacea de todos los males para evitar la recesión económica. No obstante, en aquellos años en los que la ortodoxia keynesiana se hacía cada vez más fuerte, un joven economista austriaco, Friedrich Hayek, llegó a Londres (1931) para aceptar la cátedra Tooke en la prestigiosa London School of Economics. Este hecho precipitó la celebración de uno de los debates más famosos de la historia económica: la polémica entre Keynes y Hayek.

Hayek criticó duramente la incapacidad de Keynes para entender el tipo de interés, ya que el economista británico ignoró la influencia del tiempo y la teoría del capital en sus postulados, y se centró exclusivamente en las expectativas para entender la inversión. La ausencia de estos parámetros en los trabajos de Keynes le llevó a penalizar el ahorro. Según su receta, el aumento del ahorro implicaría un descenso del consumo y por tanto del empleo y los ingresos.

Frente a esta postura, Hayek defendía que los bienes de consumo final son resultado de una estructura de producción constituida por diversas etapas intermedias de bienes de capital y que requiere de dos variables fundamentales: tiempo y ahorro previo. Es decir, los bienes finales que los consumidores disfrutan son producto de un largo proceso, desde la incorporación inicial de inputs o factores, pasando por su transformación y elaboración hasta la generación del output o producto final disponible para su venta.

Hayek advirtió en sus teorías que el aumento artificial de la demanda distorsionaría la estructura productiva al penalizar el ahorro, generando empleo inestable y agravando el problema. Al contrario, a Keynes nunca le preocupó la oferta, pues se centró en el lado de la demanda y en los efectos a corto plazo. A largo plazo, todos muertos.

Es muy posible que años después de aquella polémica, Keynes y Hayek hubieran podido acercar posturas. Cuenta Hayek,  que en una reunión mantenida con Keynes, éste le declaró que sus ideas habían sido malinterpretadas por los que eran sus llamados discípulos, ya que la intervención estatal debía ser ejecutada únicamente cuando los mecanismos de mercado fallasen.

Al finalizar la reunión, Keynes prometió a Hayek pronunciarse respecto al tema, y cambiar así la orientación de la escuela keynesiana que parecía defender una mayor inclinación a la economía socialista. Como dijo Hayek,  Keynes“indicó con un gesto rápido de su mano lo deprisa que podría conseguir esto”.

Por desgracia, tres meses después de aquella reunión, la muerte sorprendió a Keynes, sin poder llegar a pronunciarse.

Fue precisamente tiempo lo que le faltó a Lord Keynes, al igual que a su teoría, para avanzar en el conocimiento de la economía de libre mercado que él siempre defendió. Sin embargo, más allá de las soluciones propuestas, es el planteamiento de los interrogantes lo que mide la talla de este genial economista.

BREXIT: Un verdadero reto para la UE

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El día 23 de junio de 2016 será una fecha histórica para la Unión Europea (UE). El premier británico David Cameron ha elegido este día para que los ciudadanos del Reino Unido decidan, a través de un referéndum, su permanencia dentro de la UE. Este BREXIT (British EXIT, “salida británica”) supone una decisión no exenta de riesgos para las dos partes implicadas. De hecho, durante los últimos días, los medios de comunicación británicos e internacionales se han hecho eco de varios testimonios que desde Bruselas como capital de la UE, las instituciones de la City de Londres, así como de una fracción de diputados tories (conservadores) alertando de dos graves problemas que acarrearía el BREXIT para la economía británica:

  • Fuga masiva de capitales europeos desde la City hacia Frankfurt y otros centros financieros: un informe reciente de la Asociación de Inversores estima que un 37% del total de activos europeos es gestionado en Reino Unido.(ver informe de The Investment Association aquí)
  • Pérdida de cuota de mercado: Reino Unido exporta casi un 45% de sus bienes y servicios a la Unión Europea

Asimismo, un reciente estudio de Price Waterhouse Coopers estima en casi un millón los puestos de trabajo perdidos como consecuencia del BREXIT.

Por tanto, de ser ciertos estos riesgos, ¿por qué se plantea el Reino Unido su salida de la UE?

En primer lugar, es preciso recordar cómo funciona la economía del Reino Unido. Contribuyente neto de la UE y país líder en la creación de empleo, con una tasa de paro del 5%, muy por debajo de la media europea (9%). A nivel demográfico, Reino Unido representa un 13% de la población total europea, siendo actualmente un país con una migración neta (balance entre la inmigración y emigración) cercana a los 330.000 habitantes, de los cuales, aproximadamente la mitad provienen de la UE para buscar trabajo.

Resulta fácil advertir que la estructura económica y social de Reino Unido tiene capacidad para absorber parte del paro europeo y que sería más inteligente para la UE estudiar con seriedad el BREXIT, partiendo de entender que este fenómeno no es coyuntural, sino que obedece a una divergencia entre dos modelos económicos incompatibles entre sí: un modelo aperturista, basado en la inversión y flexible anglosajón frente a  otro modelo proteccionista, basado en la subvención y rígido continental.

La coexistencia de estos dos modelos dentro de la UE se ha tornado especialmente difícil durante los últimos años de crisis económica, en los que el gobierno de Cameron ha realizado un duro ajuste del gasto público (actualmente en torno al 42% del PIB) y se ha mostrado muy crítico con la senda marcada por sus socios comunitarios.

Reino Unido se ha mostrado partidario de liberalizar el mercado de trabajo y de flexibilizar las industrias para hacerlas más competitivas en el mercado, donde China e India lideran el crecimiento mundial. Sin embargo, la política de Bruselas ha pasado por rescatar las viejas medidas colbertianas basadas en el proteccionismo comercial, donde más del 40% del total del presupuesto comunitario se destina a una Política Agraria Común (PAC) que a lo largo de las décadas sólo ha dificultado a los países en vías de desarrollo, incapaces de vender sus productos agrícolas más baratos, y encarecido notablemente los precios, perjudicando a los consumidores.

Adicionalmente, desde el punto de vista de la inmigración, Reino Unido apuesta por una política basada en lo que algunos economistas denominan “invitación”. Es decir, la inmigración, de ser libre, tiene que ser acordada por dos partes: el país receptor y el inmigrante que desea trasladarse a dicho país. En virtud de ese acuerdo, cada parte se responsabiliza del otro. El Estado no puede subvencionar la inmigración si dichos inmigrantes no han sido “invitados” mediante un contrato de trabajo que les permita prosperar y vivir pacíficamente.

En este punto es interesante recordar la relación entre comercio e inmigración, caracterizada por la elasticidad de sustitución: cuanto más tengo de uno, menos necesito del otro, y viceversa. Es decir, cuando la UE mantiene un sistema de aranceles a mercancías extranjeras para proteger a sus productores locales, está provocando que cientos de miles de familias de países africanos y asiáticos se vean obligadas a emigrar a la tierra prometida llamada Europa. Si a esto se le suma la actual crisis de refugiados que huyen de la guerra en Siria y Afganistán, nos encontramos con un agotamiento del modelo europeo continental.

Sin embargo, parece que los últimos atentados de Bruselas han provocado que el terror se apodere de la lógica, y que los nacionalismos acrecienten su esfera en la política europea e incluso norteamericana, donde un controvertido Donald Trump promete levantar más muros para frenar la inmigración mexicana y amenaza con combatir al ISLAM.

Por tanto, lo más importante del BREXIT no es la celebración de un referéndum que decida la permanencia del Reino Unido en la UE, sino el trasfondo de su mensaje: la necesidad de una revisión integral del modelo económico de la Unión Europea, logrando que sea más aperturista al tiempo que reduzca los privilegios y prerrogativas burocráticas (subvenciones, subsidios, ayudas) del denominado Estado de Bienestar europeo, incompatible con el libre comercio y la libre circulación de personas. Estos son los principales retos a identificar y combatir.

En conclusión, el dilema consiste en mantenerse en la tozudez del modelo continental que provoca una inmigración no deseada para mantener una economía a base de subvenciones cada vez más costosas para el contribuyente europeo, el escenario en el que lamentablemente vivimos, o bien en apostar por un modelo de libre comercio y mercados flexibles basado en una inmigración bienvenida que garantice una convivencia pacífica sin poner en riesgo la seguridad de los ciudadanos.

La economía dantesca

represion financiera

 

La economía global vive sus tiempos de mayor incertidumbre desde los orígenes de la Gran Recesión iniciada en el año 2007. Tal y como señalábamos hace pocos meses, las fuerzas económicas han dibujado un escenario muy desconocido que puede comprometer de manera contundente la senda de recuperación registrada en buena parte de las economías. Entender las raíces de esta recuperación es un ejercicio intelectual muy complejo para los economistas, dado que no disponemos de una metodología mecanicista basada en la causa-efecto, ni cabe establecer patrones en la regularidad de los fenómenos, tal y como sí ocurre en las ciencias físicas o experimentales.

Sin embargo, respetando esta problemática, podemos afirmar con cierto grado de certidumbre que las políticas económicas actuales basadas en el estímulo de la demanda no han conseguido lograr un crecimiento económico potencial, y se han quedado sin margen suficiente como para seguir intentando convencer a empresas y familias para que tiren de consumo y crédito cuando los Estados que ejecutan dichas políticas se ven, en realidad, inmersos en una verdadera guerra de divisas (depreciando artificialmente las monedas) y con tipos de interés muy bajos.

La suma de estas dos palancas (depreciación de moneda y tipos de interés bajos) da como resultado un coctel verdaderamente dantesco: la represión financiera. Este término, acuñado originalmente por los economistas Edward Shaw y Ronald McKinnon, hace referencia a una serie de políticas dirigidas a dilapidar el ahorro con el objetivo de que los países puedan mantenerse en una espiral de gasto y deuda que, como consecuencia de dichas políticas, abarata progresivamente el coste de la deuda en el tiempo. De este modo, observamos en la prensa todo tipo de noticias que podrían parecer un disparate, como por ejemplo que el Tesoro Público de España coloque sus bonos en el mercado a un tipo de interés negativo (es decir, cobrando porque le presten dinero), o que el Euribor que se paga por las hipotecas también se sitúe en negativo. Por su parte, China anuncia una inyección de liquidez de 440.000 millones de yuanes (equivalente a 62.000 millones de euros) y el Banco de Japón aplicará un tipo de interés negativo del 0,1% a los fondos que las instituciones niponas mantienen con la entidad, una medida que ya empleó el propio Banco Central Europeo en 2014.

Ante tal nivel de asombro, incluso un economista alejado del liberalismo clásico como es Nouriel Roubini (vinculado a la escuela neokeynesiana), no ha dudado en calificar esta situación como la Nueva Anormalidad, convencido de que la economía real está “seriamente enferma” y que los mercados financieros se mantienen en una posición divergente a este diagnóstico. En un reciente artículo en la revista Time, Roubini entiende que esta divergencia entre los mercados financieros y la economía real se debe a las políticas monetarias actuales, que han trascendido lo convencional y de hecho están poniendo en duda la propia credibilidad de los Bancos Centrales.

Esta conclusión de Roubini coincide plenamente con lo que publiqué hace un año en este mismo blog, tratando la cuestión del crédito al pánico cuando Draghi daba comienzo a su programa de Quantitative Easing basado en la compra masiva de deuda pública y corporativa:

Resulta sorprendente que a medida que las políticas expansivas son cada vez más agresivas, el término de lo que es “convencional” caduca a una velocidad mayor. Es decir, cuando el BCE reduce los tipos de interés al mínimo histórico y los mantiene durante años, parece que hay que buscar un paso más allá porque dicha política ya es convencional y no funciona. Cuando los gobiernos europeos gastan casi un 50% del PIB para aumentar la demanda agregada, la política se vuelve convencional y hay que ir más allá emitiendo deuda pública, que en algunos países supera el 100% del PIB

Sin embargo, frente a esta llamada de alerta de Roubini, otros economistas relevantes parecen no compartir que las políticas monetarias y fiscales están distorsionando las expectativas de consumidores e inversores. O al menos, sólo lo comparten en parte, como es el caso del Premio Nobel Joseph Stiglitz.

Stiglitz venía manteniendo la necesidad de que los tipos de interés en Estados Unidos y Europa se mantuvieran en el 0%. Sin embargo, a la vista de los resultados de su receta, Stiglitz esgrime que toda la liquidez inyectada en el sistema está siendo acumulada por parte de los bancos en forma reservas, negando la concesión de préstamos a la economía real. De este modo, resulta fácil imaginar una pecera vacía de agua bajo un grifo cerrado que ahoga a los peces, ávidos del líquido elemento para sobrevivir. Stiglitz no se detiene a analizar que, tal vez, una economía como la española (por citar un ejemplo), con un 180% de deuda privada sobre el PIB, no necesita más endeudamiento, y que el número de préstamos demandados es inferior al número de préstamos devueltos. Es decir, no se trata de que la oferta monetaria no llegue a la economía real, sino que simplemente la oferta no crea necesariamente una mayor demanda de crédito. Por ello, prefiero la fábula que emplea mi colega Juan Ramón Rallo: Se puede llevar al caballo al río, pero no se le puede obligar a beber.

El principal problema de la economía keynesiana es pensar que la demanda siempre está disponible para expandirse, sin importar el nivel de deuda. Por ello, ante este atolladero Stiglitz no tiene más remedio que redirigir sus esfuerzos en abogar por una política fiscal expansiva que estimule la demanda vía gasto público. Es decir, mismo objetivo, distinto instrumento de política económica. En este punto, resulta muy lógico plantearse qué le hace pensar a Stiglitz que una política fiscal expansiva llevará a incrementar la demanda cuando el contexto es el mismo en el sector público. Un contexto basado en la sobrecapacidad de infraestructuras y en una presión fiscal creciente. Además, es absurdo ignorar que cualquier incremento de gasto público ha de financiarse necesariamente, o bien con subidas de impuestos en el presente, o bien con  un mayor pago de deuda en el futuro (soportado por los hijos y nietos que vendrán).

Deberíamos plantearnos el hecho de que las viejas políticas de demanda no sólo no han logrado sus objetivos, sino que nos ofrecen un panorama aún peor. Necesariamente, es preciso atender a una agenda de reformas basadas en políticas de oferta. Políticas que dejen más dinero en el bolsillo de los ciudadanos y un mercado más flexible a la contratación de factor trabajo que favorezca la acumulación de capital.

Tal vez, es el momento de darle una oportunidad a la libertad económica.

Desmitificando al “Minotauro Global” de Varoufakis

varoufakis

Yanis Varoufakis se ha convertido en el economista de moda. Su exquisita educación y capacidad de oratoria, así como la originalidad de las chaquetas que acostumbra a llevar, han ensalzado la figura de este economista greco-australiano a la altura de pesos pesados como Thomas Piketty o Paul Krugman, liderando la liga “anti austeridad” y proclamando el fin de lo que ellos califican el dogmatismo del libre mercado.

De hecho, algunos no han dudado en apodar al ex ministro de finanzas griego como Varoufucker, en muestra de su rebeldía y escepticismo hacia el modelo económico de la Unión Europea basado en una moneda única y un sistema de cambios fijos.

En su famoso ensayo El Minotauro Global, Varoufakis realiza su análisis sobre el origen de la profunda crisis económica que aún padecemos y propone una serie de medidas encaminadas a no volver a cometer los mismos errores que en el pasado. En este post, realizaremos un análisis crítico de este ensayo.

En primer lugar, más allá de exponer una síntesis de El Minotauro Global, resulta relevante explorar las fuentes de las que bebe el autor, para así poder entender el instrumental analítico que emplea.

En este sentido, es preciso señalar que El Minotauro Global no es un trabajo estricto de teoría económica. Más bien, el enfoque de Varoufakis se basa en una interpretación histórica de las fuerzas económicas que han conformado el diseño de un sistema económico que, a lo largo de muchas décadas, alimentaron a una bestia imposible de refrenar.

Por ello, y a pesar del desarrollo de un hilo cronológico muy bien estructurado dentro de esta obra, resulta poco convincente, o poco académico si se prefiere,  exponer una tesis sobre el origen de la crisis económica sin hacer una sola referencia a la teoría del capital iniciada por Böhm-Bawerk, que explica el funcionamiento de los mercados de capital a partir de la oferta de fondos prestables (vía ahorro por parte de las unidades superavitarias) y la demanda de los mismos para la inversión (vía concesión de préstamos a las unidades deficitarias).

En la lógica de intermediación y canalización de capitales surgen los sistemas financieros. Por tanto, la importancia de la teoría del capital no puede ser desdeñada, ni tampoco su desarrollo posterior de la mano de economistas de diversas corrientes como Mises, Marx y Minsky, las “tres M” del pensamiento económico que detectaron que el origen de los ciclos se encuentra en un fallo orgánico del sistema financiero y no en un shock externo.

Varoufakis sí menciona brevemente a Marx y a Minsky, pero en ningún momento se propone contrastar las aportaciones teóricas de ambos autores, cuyo denominador común, frente al austriaco Mises, es que para ellos la inestabilidad del sistema financiero es algo natural conforme a la madurez de la economía capitalista. Es decir, la explicación de la crisis es que la economía estaba creciendo a un nivel insostenible y es necesario controlar el sistema financiero frente al mercado imperfecto y especulativo.

Para dar respaldo a la idea de que la economía de mercado es inestable y ha de ser necesariamente controlada por el Estado, Varoufakis hace referencia a Schumpeter, consagrado como uno de los “padres” del pensamiento económico liberal y autor del famoso concepto de la “destrucción creativa”, que explica cómo la innovación, motor del sistema capitalista, tiende inexorablemente hacia un estado estacionario donde las empresas se burocratizarán y caerán en la monotonía, dejando finalmente de innovar y llegando al socialismo.  De este modo Varoufakis puede concluir que el liberalismo, a la larga, es un paradigma que ha de ser superado. Sin embargo, es preciso señalar la inconsistencia del argumento de Varoufakis y su profundo reduccionismo: una de las principales críticas al liberalismo que se encuentran en el libro es el problema de los modelos estáticos de equilibrio aplicados por los economistas neoclásicos. Estos modelos carecen de un análisis dinámico al ignorar la variable temporal y considerando los precios de los bienes y los factores como parámetros, donde además el mercado se constituye por un sistema de competencia perfecta en el cual los empresarios venden los mismos tipos de bienes y al mismo precio. Sin embargo, a la vez que realiza esta crítica (compartida en este blog), Varoufakis utiliza los planteamientos de Schumpeter para reforzar sus conclusiones, cuando el propio Schumpeter parte del modelo de equilibrio de Walras, su economista neoclásico de referencia.

No es riguroso criticar una metodología y al mismo tiempo servirse de los planteamientos derivados de la aplicación de dicha metodología.

En síntesis, la explicación de Varoufakis se centra en tres grandes ejes o momentos que se fraguan en el siglo XX: el Plan Global, el Minotauro Global y finalmente las Damas del Minotauro.

minotauro

Plan Global

Para Varoufakis, el Plan Global es el origen del problema de los ciclos recurrentes de auge y depresión que la sociedad ha venido padeciendo desde mediados  del siglo XX. En efecto, dicho plan global se concibe como una estrategia diseñada y ejecutada por Estados Unidos para constituir su imperio económico. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el continente europeo se halla sumido en plena reconstrucción. Varoufakis explica que esta situación es aprovechada por Estados Unidos para proveer a los países europeos de los bienes y servicios que necesitan para reparar los costes de la guerra, al tiempo que la industria americana se expande por todo el Viejo Continente. Asimismo, Estados Unidos pone en marcha el famoso Plan Marshall  de ayudas económicas por un valor de más de 13.000 millones de dólares.

Con este plan, Varoufakis descubre que la intención de Estados Unidos es “dolarizar” el mundo, consiguiendo que el dólar se convierta en la moneda de referencia internacional. El nuevo marco institucional alcanzado tras la celebración de los acuerdos de Bretton Woods echó tierra a la propuesta británica de Keynes para consolidar finalmente un sistema financiero en el que las divisas europeas estarían vinculadas al dólar, y éste último quedaría ligado al patrón oro.

Según el economista griego, la supervivencia del Plan Global requirió a los americanos crear ciertos “satélites” que le garantizasen la expansión continua de sus industrias. Estos satélites son, entre otros, Alemania y Japón, a quienes Estados Unidos se aproximó para reactivar sus economías. Varoufakis va más allá al señalar incluso que ciertos conflictos bélicos como la Guerra de Corea fueron alimentados por Estados Unidos con el objetivo de lograr la regeneración económica de Japón.

¿A qué se debe esta generosidad? Simple, si países de gran potencial económico como Alemania y Japón se convierten en los gigantes de Europa y Asia, Estados Unidos se convierte en su principal exportador de bienes de capital, energía y otros recursos.

La llegada del Minotauro Global

El Plan Global funcionaba a la perfección hasta la década de los 60, cuando Estados Unidos comienza a incurrir en un elevado gasto público, fruto de la Guerra de Vietnam y los diversos programas keynesianos de estímulo de la demanda (entre ellos The Great Society del gobierno de Johnson). Tal nivel de gasto incrementó el déficit público de los Estados Unidos y el gobierno comienza a endeudarse a través de diversos instrumentos de política económica. Varoufakis defiende el beneficio social de los programas keynesianos realizados en Estados Unidos, y por ello, en lugar de denunciar la irresponsabilidad política de incrementar el gasto público a niveles insostenibles, Varoufakis carga contra las reglas del mercado.

Para financiar su creciente déficit, Estados Unidos recurre a pedir deuda en el exterior, especialmente a sus países “satélite” en Europa y Asia. En este momento es cuando Varoufakis habla de la creación de un Minotauro global alimentado por Estados Unidos, y que se refiere al diseño de una política económica basada en la captación continua de capitales extranjeros para financiar sus déficits gemelos (el déficit público y el déficit comercial).

Varoufakis, como buen griego, recurre a la mitología para explicar los fenómenos económicos. Sin embargo, hablar de seres mitológicos puede derivar en que se desdibuje quiénes son los actores reales y la responsabilidad de sus acciones, algo que el economista utiliza hábilmente para justificar, de nuevo, que el Minotauro Global es consecuencia del libre mercado.

En este punto es necesario referirse al excelente ensayo de Roger Garrison, Tiempo y Dinero, escrito hace ya una década y donde la exposición de los acontecimientos arroja una visión muy diferente a la de Varoufakis. En efecto, Garrison desarrolla en su libro una macroeconomía basada en el capital donde las inversiones son financiadas con cargo a ahorro previo (oferta de fondos prestables). Garrison pone el ejemplo de los Estados Unidos para mostrar las tres políticas para obtener financiación y que son iniciadas por los diferentes gobiernos, verdaderos creadores del Minotauro Global y cuya intervención, por tanto, dista mucho de ser calificada como de libre mercado:

  • Ahorro doméstico: Garrison explica que en primer lugar, una política de financiación por parte del Gobierno es que éste pida prestado a sus ciudadanos mediante la emisión de bonos u otros instrumentos similares del Tesoro Púbico. Esta fue la política empleada por la administración de Nixon a mediados de la década de los 60. Dado que los recursos financieros son limitados, si los ciudadanos prestan su dinero al gobierno, este dinero deja de estar disponible en el sistema financiero para los inversores y empresas que demandan fondos prestables. Esta presión sobre la demanda incrementa los tipos de interés, tal y como ocurrió en Estados Unidos hasta finales de los 60.
  • Reserva Federal: En segundo lugar, el Gobierno puede tomar dinero prestado por parte de los propios Bancos Centrales. Esta política se denomina monetización de deuda, ya que el Banco Central crea nuevo dinero expresamente para financiar al Estado y también a empresas y consumidores. Sin embargo, la expansión artificial de la oferta monetaria genera inflación, dado que al no producirse un ahorro previo que financie nuevas inversiones, el consumo presente sigue creciendo a la vez que los inversores creen que existen mayores recursos financieros disponibles de los que en realidad hay. La inversión se dispara y los precios y salarios crecen. La administración de Carter es un perfecto ejemplo de este tipo de política. Tal y como sostiene Garrison: “El gobierno de Carter fue altamente exitoso en desplazar la responsabilidad de la inflación de dos dígitos hacia el Oriente Medio y los esfuerzos de la OPEP para explotar su monopolio de la oferta mundial del crudo”.
  • Ahorro externo: Por último, el gobierno puede tomar prestado en los mercados mundiales de capital, esto es, exportar deuda. Esta fue la política adoptada por la administración de Reagan en los años 80. Los buques de Alemania y Japón llegaban a Estados Unidos cargados con bienes reales como maquinaria pesada, coches o equipos electrónicos, y regresaban con bonos del Estado y otros activos similares, sin intercambio de otros bienes americanos. Esta situación debilitó sustancialmente a la industria estadounidense por la caída de sus exportaciones. Como resultado, al déficit presupuestario se le sumó un hermano gemelo: el déficit comercial.

Varoufakis no explica en ningún momento de su libro el origen de los déficits gemelos detallado en este post, dado que hacerlo le obligaría a concluir que la irresponsabilidad de los gobiernos de gastar por encima de sus posibilidades les conduce a distorsionar la economía a través de la expansión crediticia, descoordinando las acciones de los agentes económicos y produciendo los ciclos de auge y depresión, cuando los inversores se dan cuenta de que han iniciado proyectos que no son viables y se disponen a ejecutarlos.

Frente a esta explicación que tiene como base la macroeconomía del capital, Varoufakis únicamente afirma que para financiar sus déficits gemelos, el Minotauro Global de los Estados Unidos se ve obligado a atraer un gran volumen de capital extranjero. Con ello, da comienzo el tercer eje o momento del libro:

Las Damas del Minotauro

Varoufakis explica que el gobierno “liberal” de los Estados Unidos inicia un periodo durante los años 90 de desregulación financiera que permitió a los bancos privados conceder créditos y otros instrumentos de muy baja calidad, sumiendo a la economía doméstica en un elevado endeudamiento privado que finalmente derivó en la actual crisis financiera de 2007. Para el economista griego, las damas del minotauro serían los CDO´s o las denominadas hipotecas subprime, así como todas aquellas regulaciones e instrumentos que facilitaron que el Minotauro Global siguiese captando todo el capital posible del globo. Es de lamentar que Varoufakis no condene expresamente la política de reducción de tipos de interés entre el 0 y el 0,25% realizada por Alan Greespan y Ben Bernanke. La razón de ello estriba en que las propuestas de solución que se presentan en el libro pasan por dar un mayor poder a los bancos centrales para que condonen la deuda pública de los países más endeudados como Grecia. Sin embargo, en este punto se pone de manifiesto otra grave inconsistencia. Dado que la Reserva Federal o el Banco Central Europeo se configuran como prestamistas de última instancia, inyectando toda la liquidez necesaria para evitar el desplome de aquellos bancos que concedieron créditos sin asumir los riesgos, difícilmente se puede esperar, tal y como propone Varoufakis, que otorgando  mayores poderes precisamente a la Reserva Federal y al Banco Central Europeo, el fallo del sistema financiero se vaya a solucionar.

En conclusión, si bien Varoufakis realiza un análisis muy completo de cómo se configura el orden económico mundial vigente en nuestros días, nuestra especial crítica al libro de El Minotauro Global radica en que su autor carece de una explicación sólida respecto a cuáles son los determinantes de la inversión en una macoreconomía del capital. Varoufakis ignora la teoría del capital y adopta la premisa keynesiana de que la inversión depende únicamente de los animal spirits o las expectativas, sin pararse a explicar cuáles son las fuentes de dicha inversión.

Lejos de cualquier mito griego, el verdadero Minotauro Global de la economía mundial no reside en el libre mercado, sino en un diseño institucional donde los gobiernos han privilegiado a los bancos precisamente para poder financiar sus excesos, conduciéndonos a la última crisis en la que aún nos encontramos y que es sin duda la más grave de toda la historia económica.

 

 

 

 

Concurso de belleza en la Reserva Federal

concurso

Las últimas semanas se han caracterizado por una alta histeria en todas las economías del mundo. Leemos en los titulares de prensa cómo el enfriamiento del crecimiento económico chino está contagiando a los países emergentes y llevándolos incluso a la recesión (Brasil), lo cual a su vez ha desembocado en una crisis por la reducción en los  precios de las materias primas y por ende en una gran volatilidad en sus principales índices bursátiles.

Por si fuera poco, las grandes instituciones económicas se encuentran muy divididas con respecto a las decisiones que deben tomarse. Este hecho confunde a los analistas e inversores, que empiezan incluso a dudar de la credibilidad de la mismísima Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal, cuando decide mantener los tipos de interés entre el 0% y el 0,25% mientras la  economía estadounidense comienza a calentarse por una inflación cercana al 2%.

Para entender este grado de nerviosismo, podemos leer a  John Maynard Keynes, quien hace ya muchos años dedicó un capitulo de su famosa Teoría general del empleo, el interés y el dinero para tratar la cuestión de la inestabilidad de los precios en los mercados financieros. Y lo trató sin el empleo de las matemáticas (no le gustaban demasiado para la economía), con un ejemplo brillante.

Keynes propone un concurso ficticio de belleza que se publica en un periódico. En este periódico figuran las fotografías de 100 candidatas. Para ganar el premio, se pide a los concursantes adivinar cuáles serán las caras más votadas. El juego implica que el concursante puede, primero, elegir a las candidatas que a él le resultan más guapas (opinión 1). Puede también elegir a  las candidatas que él cree que el resto de concursantes van a votar (opinión 2). O bien puede, finalmente, elegir a aquellas candidatas que él cree que el resto de concursantes van a elegir una vez éstos han pensado las candidatas que él va a votar (opinión 3). Todas estas opiniones pueden agregarse exponencialmente en un juego de estrategias que traten de reducir la incertidumbre.

Pero, la incertidumbre “endógena” (tal y como la denominaron los economistas O`Driscoll y Rizzo en La economía del tiempo y la ignorancia), esto es, volviendo a la economía, el desconocimiento de cuáles serán las decisiones de los agentes económicos respecto a sus planes de futuro, no admite un razonamiento matemático, no puede eliminarse nunca e introduce un elemento de subjetividad que debe tenerse siempre en cuenta.

Esta subjetividad abre el campo al problema de las expectativas, cuando las personas tratan de anticiparse al futuro. Sin embargo, economistas como Hayek o Garrison demostraron que para reducir esta incertidumbre los precios deberían de ser libres en el mercado para poder suministrar la información que los ciudadanos necesitan en la toma de sus decisiones. Información, por ejemplo, sobre si un determinado bien o factor productivo es escaso o abundante en el mercado, o de si el ahorro es suficiente como para que el crédito crezca y pueda destinarse a nuevas inversiones.

En el ámbito financiero, los tipos de interés actúan como una señal de mercado para indicar la disponibilidad de recursos financieros disponibles para la inversión (fruto de la tasa de preferencia temporal de los individuos). Sin embargo, cuando los tipos de interés son manipulados artificialmente, se envían señales erróneas al mercado.

Las familias y los empresarios no conocen las realidades subyacentes que se expresan a través de los precios de mercado porque dichos precios están controlados por las instituciones monetarias. Y es que la presión de los políticos para hacer dinero fácil es demasiado grande. Tanto es así que, tras muchos años de expansión crediticia materializada en los sucesivos programas de QE en Estados Unidos y Europa, así como de otros programas de estímulo económico vía deuda como el Abenomics en Japón y un largo etcétera, actualmente nos encontramos inmersos en un círculo del cual, como señala Richard Koo, resulta muy difícil salir.

Por esta razón a la Reserva Federal le cuesta tanto subir los tipos de interés, en un contexto en el cual los mercados financieros son dependientes de una liquidez que alimenta una burbuja de deuda insostenible y que nadie se atreve a asumir.

Para algunos economistas, como el Premio Nobel Joseph Stiglitz, el problema no es la política monetaria expansiva, sino precisamente la insuficiencia de la misma. Así lo ha manifestado recientemente al defender el mantenimiento de los tipos de interés al 0% hasta el año 2016. En la Unión Europea, el argumento que esgrime Stiglitz es que la austeridad ha acabado con el euro, y que subir los tipos de interés supondría acrecentar la desigualdad.

Pues bien, si la austeridad a la que se refiere Stiglitz es la austeridad de un gasto público superior al 45% sobre el PIB en la mayoría de economías europeas , de una deuda pública de las economías más fuertes de la OCDE muy superiores al 100% del PIB y de Estados que para mantener el “bienestar” están aumentando cada año la presión fiscal sobre los ciudadanos, entonces Stiglitz tiene razón. La austeridad está acabando con la Unión Europea.

Es preciso recuperar la disciplina financiera y permitir a las economías sanearse, aunque ello pueda revertir en un ajuste como el que están sufriendo Brasil y otros países emergentes, dependientes de un modelo intensivo de demanda artificial como ha sido el de China durante la última década.

Las próximas decisiones que se tomen pueden marcar la senda hacia una recuperación progresiva que lleve a un crecimiento sólido (aunque sea pequeño) o desembocar en graves problemas para los cuales, esta vez, no estamos preparados, pues el margen de maniobra de las políticas actuales está agotado.

Libre circulación de bienes, capitales y…personas?

inmigración

Durante las últimas semanas la Unión Europea ha mostrado su nerviosismo ante la llegada masiva de miles de inmigrantes y refugiados procedentes de países como Siria o Afganistán, que día tras día luchan por encontrar un futuro mejor en Alemania, Austria y en el resto de Europa Occidental.

Este hecho ha despertado la discusión sobre la “libre circulación de personas y fronteras abiertas”. Una discusión que ha dividido a los economistas generando un debate muy intenso durante la última década. Por ello, la cuestión que intentamos desarrollar en este post es si la inmigración debe ser condicional o incondicional, restringida o totalmente libre.

Por lo general, hemos de considerar que la mayor parte de la población inmigrante está constituida por trabajadores no cualificados. El argumento más común de los economistas es que esta mano de obra barata ha realizado una gran contribución al crecimiento económico de los países receptores. Podemos referirnos en este sentido al caso de los Estados Unidos o particularmente a España, donde la inmigración fue rápidamente absorbida por el sector de la construcción durante los años de la burbuja inmobiliaria alimentada por la expansión crediticia. Además, muchos economistas afirman que el coste de mantener a los inmigrantes es menor a la riqueza que los mismos generan a la economía.

De acuerdo con esta afirmación, el incremento de una oferta barata en el mercado laboral produce una reducción sobre el precio de ciertos bienes y servicios. Esto repercute en un incremento de la renta disponible de los consumidores, que podrán colocar su ahorro en el mercado de fondos prestables y satisfacer la demanda de los inversores.

En cualquier caso, el mensaje más común de los defensores de la libre circulación de personas puede resumirse en una frase: “los inmigrantes hacen el trabajo que los americanos (o los españoles) se niegan a hacer”.

Por otro lado, a pesar de la lógica aparente de este razonamiento, otros economistas advierten algunas consideraciones. En primer lugar, si toda la población inmigrante se legalizase, los inmigrantes gozarían de la misma escala salarial de los trabajadores nativos, compitiendo por los mismos trabajos y pagando los mismos impuestos y cotizaciones sociales. Por lo tanto, al final no habrá ningún trabajo que los americanos o españoles se nieguen a hacer.

Frente al argumento de que los inmigrantes aportan más riqueza a la economía respecto del coste que supone mantenerlos, algunos estudios sugieren que dicho argumento es falso. No sólo es cierto que la población inmigrante es más propensa a participar en la economía sumergida, sino que en cualquier caso, el ingreso medio de los trabajadores no cualificados es ligeramente superior al salario mínimo, por lo que los ingresos públicos que aportan en términos de impuestos son muy bajos. Por otro lado, las ayudas y subvenciones estatales que los inmigrantes reciben para la vivienda, colegio, sanidad, etc., arrojan un importe mayor que los ingresos que pueden aportar.

Hasta aquí se muestran los argumentos más típicos del debate estrictamente económico de la inmigración, sin considerar otros factores como la criminalidad o la integración cultural.

¿Cuál es la responsabilidad de Europa en el fenómeno de la inmigración? Llegados a este punto es preciso analizar la relación entre la libre circulación de personas y el libre comercio.

La relación entre comercio e inmigración está caracterizada por la llamada elasticidad de sustitución: cuanto más tengo de uno, menos necesito del otro, y viceversa. Por ejemplo, en la medida en que los productos mexicanos puedan entrar libremente en Estados Unidos, el incentivo de los ciudadanos mexicanos de emigrar a un país con salarios más altos es menor. Porque el libre comercio permite a cada economía especializarse en aquello en lo que es relativamente mejor que otras, logrando salarios crecientes para los productores.

Sin embargo, tanto Estados Unidos como Europa han mantenido una política fuertemente proteccionista, a través de la imposición de aranceles o barreras no arancelarias para proteger a los productores locales, repercutiendo en un alto coste para los consumidores al soportar una subida de precios en su cesta de bienes.

Esta es la razón por la que la Unión Europea debería fomentar el libre comercio en lugar de imponer aranceles y levantar fronteras cuando la inmigración amenaza su carísimo Estado de Bienestar.

Por tanto, desde un punto de vista liberal, la defensa de la libertad de comercio y de inmigración es prioritaria. Sin embargo, es importante recalcar que el término “libre” es muy diferente dependiendo de si nos referimos a comercio o a inmigración. En efecto, el libre comercio implica que vendedores y compradores se ponen de acuerdo en el movimiento de mercancías y servicios. Sin embargo, la libre inmigración no implica que exista un previo acuerdo o invitación. Por ello una inmigración incondicional podría ser considerada una invasión. No nos dejemos engañar por el modo en que algunos expertos emplean el término “libre”.

La libertad de inmigración debe respetar los principios generales del derecho, basados en acuerdos voluntarios entre las partes. Una inmigración no deseada por la población nativa puede producir consecuencias como la criminalidad o tensiones sociales.

En conclusión, la inmigración únicamente puede ser libre si es invitada por el país receptor en base a un acuerdo donde cada parte se responsabiliza del otro. El Estado no puede subvencionar la inmigración si dichos inmigrantes no han sido invitados mediante un contrato de trabajo que les permita prosperar y vivir pacíficamente.

De este modo lo expresa Hoppe: “There is no such thing as free immigration, or an immigrant´s right of way. What does exist is the freedom of independent private property owners to admit or exclude others from their own property in accordance with their own restricted or unrestricted property titles”.

Lo que está pasando actualmente es la clara demostración de que el libre comercio y la libre inmigración son incompatibles con el Estado de Bienestar. Una realidad que nuestros burócratas afincados en Bruselas se niegan a aceptar.

De cómo descubrí ser “homo agens”

homo economicus

En el año 1978, el economista (y también novelista) español José Luis Sampedro escribió un artículo bajo el título De cómo dejé de ser homo oeconomicus. En dicho artículo, Sampedro realizó una critica contundente al dogma del interés individual y de la soberanía del consumidor en el mercado.

Desde la política, la universidad e incluso la Iglesia, la crítica al individualismo no ha dejado de extenderse alrededor del globo durante todo el siglo XX hasta nuestros días.

Resulta por ello interesante examinar la raíz de esta crítica analizando el concepto del individualismo “en versión completa” (parafraseando al profesor Sampedro).

Friedrich Hayek ofrece en este sentido una referencia fundamental con su artículo Individualismo: Verdadero y Falso, escrito en el año 1945.

Con el desarrollo de las ciencias sociales, ciertos conceptos como liberalismo, democracia, capitalismo y socialismo han sido viciados en su significado con ideas o teorías que son incluso contrarias al propio concepto que pretenden explicar. Para Hayek el concepto que más ha sufrido este tipo de tergiversación es el de ”individualismo”. Este término ha sido distorsionado tanto por sus detractores como por sus defensores. De este modo Hayek se propone depurar este concepto y explicarlo conforme a la interpretación original con que fue concebido: individualismo como un sistema opuesto al socialismo. A éste individualismo es el que Hayek calificará como “verdadero”.

El individualismo verdadero bebe de las aportaciones de los filósofos John Locke, Bernard Mandeville y David Hume. Sin embargo, Hayek precisa que fue Edmund Burke el máximo difusor de esta corriente de pensamiento.

La otra interpretación del individualismo, a la que Hayek se referirá como “falso” individualismo, tiene su origen en los autores franceses y otros filósofos continentales fuertemente influenciados por el racionalismo cartesiano. En este sentido, podemos referirnos a Rousseau y a la escuela de los fisiócratas franceses. Este individualismo racionalista conduce, según Hayek, al socialismo.

La confusión en el significado del individualismo se encuentra en primer lugar en la oposición que mostró Edmund Burke a las ideas de Rousseau. Éste último expresó su temor a que sus teorías se disolvieran en el polvo de la individualidad. En segundo lugar, la traducción al inglés de la obra de Tocqueville, Democracy in America, aplica una connotación peyorativa al término de invididualismo, cuando Tocqueville se refiere a una actitud que lamenta y rechaza. Puede por tanto observarse cómo el concepto de individualismo comienza a desvirtuarse de su significado original.

Teniendo esto en cuenta, ¿cuáles son las características del verdadero individualismo?

Es, ante todo, una teoría que intenta explicar las fuerzas que determinan la vida social del hombre. Sólo en un segundo plano puede entenderse como un conjunto de máximas políticas derivadas de esta visión de la sociedad. Por lo cual, en contra de los argumentos de quienes sin fundamento conciben el individualismo como un aislamiento pro parte del hombre, Hayek defiende el individualismo que estudia al hombre que por naturaleza es un ser social. El aspecto clave es que estudia la vida social del hombre a través de las acciones del individuo hacia el resto, guiado por su comportamiento esperado. Las teorías sociales propias del colectivismo pretenden comprender la realidad como una entidad sui generis que existe independientemente de las acciones de los individuos.

La segunda característica importante de la filosofía del individualismo es el orden espontáneo de las instituciones sociales. Así lo expresa Hayek:

It is the contention that, by tracing the combined effects of individual actions, we discover, that many of the institutions on which human achievements rest have arisen and are functioning without a designing and directing mind; that, as Adam Ferguson expressed it, nations stumble upon establishments, which are indeed the result of human action but not the result of human design; and that the spontaneous collaboration of free men often creates things which are greater than their individual minds can ever fully comprehend.”

Esta visión de los pensadores británicos choca con el racionalismo de la escuela cartesiana que postula que las instituciones son diseñadas y creadas deliberadamente.

Partiendo de las enseñanzas de Menger, Hayek desarrolla toda una teoría de los órdenes espontáneos que parte de considerar que la razón humana es limitada, y por ende, el hombre falla y sus errores son corregidos sólo en el curso de los procesos sociales.

Los racionalistas como Rousseau consideran que las instituciones sociales son frutos de un contrato social de los individuos. Esta concepción lleva incluso a Adam Smith, influenciado por los fisiócratas, a inventar el homo economicus, dominado por un comportamiento estrictamente racionalista en el que el hombre dispone de una información total y perfecta.

Respecto a la crítica que se arroja al individualismo como fuente del interés privado y el egoísmo, Hayek expresa que el hombre persigue los fines que a él le importan, esto es, dentro de su esfera particular que representa una fracción muy pequeña dentro de la sociedad. La pregunta a formular no es si el hombre es egoísta o altruista. Dentro de la complejidad de los procesos sociales, cada hombre se guía por aquello que le satisface y le importa, siendo por ejemplo el bienestar de su familia y su prójimo. Sin embargo estas acciones que desarrolla dentro de su pequeña esfera de conocimiento le lleva, sin él siquiera saberlo, a contribuir al cumplimiento de fines que la sociedad persigue en su conjunto y que él jamás se había planteado. De este modo Hayek conluye:

(…) human Reason, with a capital R, does not exist in the singular, as given or available to any particular person, as the rationalist approach seems to assume, but must be conceived as an interpersonal process in which anyone´s contribution is tested and corrected by the others. This argument does not assume that all men are equal in their natural endowments and capacities but only that no man is qualified to pass final judgment on the capacities which another possesses or is to be allowed to exercise.

Es decir, el conocimiento se encuentra disperso en la sociedad y sólo a través de los procesos interpersonales de cooperación humana los individuos aprendemos en base a los procedimientos de prueba y error. El aprendizaje es paulatino y no perfecto como asume el homo oeconomicus. Sin embargo, negar la tesis racionalista no implica tener que incurrir en el nihilismo intelectual.

La complejidad de los procesos sociales implica que el hombre deba estar adaptándose continuamente a los cambios, en busca de nuevos medios y fines. Pero sólo gracias al marco proporcionado por el individualismo, el hombre puede encontrar nuevas oportunidades y alternativas que de otro modo, mediante la coacción del Estado (que presume tener toda la información necesaria para coordinar la sociedad vía mandatos), jamás podría descubrir.

Se trata, en definitiva, del homo agens, que actúa satisfaciendo sus necesidades y aprendiendo del error, descubriendo nuevas oportunidades a su alcance.

Hayek descubre otra diferencia importante entre ambos tipos de individualismo, esta vez respecto al sentido de democracia.

El verdadero individualismo afirma que todo gobierno ha de ser democrático, pero no tiene una creencia supersticiosa en la regla de la mayoría, pues ante todo considera que cualquier forma de gobierno debe respetar la libertad individual y los principios generales del derecho por encima de cualquier regla de la mayoría.

Esta premisa choca con la concepción del falso individualismo que entiende que la verdad en democracia ha de ser siempre aquello que diga la mayoría. Para Hayek una de las grandes tareas a las que se enfrenta la ciencia política es descubrir en qué casos puede la minoría llevar a resultados mejores que la regla de la mayoría. Así lo expresa Hayek en palabras de Lord Acton:

The true democratic principle, that none shall have power over the people, is taken to mean that none shall be able to restrain or to elude its power. The true democratic principle, that the people shall not be made to what it does not like, is taken to mean that it shall never be required to tolerate  what it does not like. The true democratic principle, that every man´s will shall be as unfettered as possible, is taken to mean that the free will of the collective people shall be fettered in nothing.”

Asimismo, el verdadero individualismo no es igualitarista. Si bien rechaza los privilegios o concesiones estatales, también denuncia las limitaciones sobre el que está más capacitado que otros. En efecto, no podemos considerar que las personas sean biológicamente iguales, y esto en opinión de Hayek resulta de gran valor, pues cada uno de los individuos en su variedad de matices puede ofrecer algo a la sociedad de manera única y original.

La lógica de la acción colectiva: una aplicación en el sistema de pensiones

collective action

El gobernador del Banco de España, Luis María Linde, ha vuelto a ser objeto de críticas tras sus recientes declaraciones sobre el sistema de pensiones, asegurando que este esquema “no garantiza el nivel de pensiones que esperan los ciudadanos” en el largo plazo y recomendando a los jóvenes ahorrar para hacer frente a su jubilación. Las descalificaciones no se hicieron esperar por parte de casi todos los partidos políticos, tachando a Linde de catastrofista y  antipatriota.

Sin ánimo de que se me incluya en la lista de antipatriotas, lo cierto es que  las últimas medidas que la Unión Europea está realizando sobre los sistemas públicos de pensiones basados en el esquema “pay as you go” (transferencias intergeneracionales desde la población activa a la población jubilada) evidencian la realidad señalada por Linde:

  • Retraso sucesivo de la edad de jubilación
  • Endurecimiento de los requisitos para gozar del acceso a la pensión (en España, la obligación mínima de años cotizados ha evolucionado desde los 10 años hasta los 35 años actuales)
  • Revalorización de las pensiones en base al denominado factor de sostenibilidad, un nuevo índice de actualización que abandona la evolución del IPC e impone un techo por encima del cual las pensiones no pueden subir (en España, se sitúa en una banda entre un mínimo del 0,25% y un máximo del IPC + 0,50 ).

Estos tres puntos resumen la agenda de la Unión Europea en materia de pensiones. Sin embargo, a pesar del indudable deterioro del modelo, la clase política afirma que Linde es un antipatriota, porque “el sistema es perfectamente sostenible…”

Una última pata que complementa el análisis económico y jurídico del sistema de pensiones es el que nos ofrece la escuela de Public Choice, de la mano del economista Mancur Olson y su estudio sobre la lógica de la acción colectiva. M.Olson trata los incentivos de los miembros de grandes colectivos en la toma de decisiones que articulan sus acciones individuales hacia un bien común o resultado de equilibrio. Las conclusiones de Olson se recogen en su obra The Logic of Collective Action (1965), conclusiones que nos permitimos aplicar en este post dentro del marco del sistema de pensiones.

El economista americano afirma que en aquellas organizaciones donde el número de participantes es muy grande– por ejemplo en el aparato burocrático del Estado-, el participante típico o normal sabe que sus esfuerzos propios no lograrán una diferencia sustancial en el resultado general. Es decir, en los grandes colectivos, las decisiones se convierten en bienes públicos donde los integrantes tienen un menor incentivo a participar cuanto mayor sea precisamente el número de integrantes en la toma de decisiones.

Olson pone como ejemplo de esta lógica a las grandes empresas privadas donde la propiedad es ostentada por los accionistas, si bien la gestión de las mismas es ejercida por los gerentes o tecnócratas. Por ello, cuando el número de accionistas es muy elevado, los ingresos de las acciones se convierten en bienes colectivos y el accionista individual tiene poco incentivo a preocuparse por las decisiones que se toman en la empresa cuando sabe que su participación es marginal y no podrá afectar al resultado final de forma determinante.

Este incentivo cobra fuerza si además consideramos el efecto del anónimo: el participante no puede conocer al resto de los integrantes en la organización, por lo cual no caben lazos de confianza que le muevan a actuar con responsabilidad en beneficio del grupo.

Aplicando esta tesis a los sistemas públicos de pensiones, resulta fácil advertir que la lógica de la acción colectiva en un sistema integrado por 17 millones de trabajadores en activo y más de 8 millones de pensionistas tenderá a ser forzosamente disfuncional, generando efectos no deseados:

  • Riesgo moral: Como el trabajador devenga un derecho a percibir una pensión cuando alcance la edad de jubilación, la responsabilidad de cargar con esta obligación no será suya, sino de los trabajadores en activo que en ese momento sostengan a la población jubilada.
  • Selección adversa: Además, fruto del denominado contrato social, la lógica de la acción colectiva implica que una de las partes contratantes, esto es, a quienes perjudica la dinámica del sistema “pay as you go” , no pueden votar en contra del mismo porque ni siquiera han nacido o no tienen edad legal para votar. Sin embargo, los votantes mayores tienen un alto interés en recibir sus pensiones porque ya han devengado ese derecho.
  • Free riding: Los esquemas públicos de pensiones fomentan que los trabajadores se prejubilen lo antes posible, en el momento en que estiman que ganan lo mismo trabajando que con la pensión de jubilación. Esta penalización al trabajo favorece que la figura del “free rider” o “gorrón” sea cada vez más extendida. Los trabajos de Gruber y Wise estiman que en el periodo comprendido entre 1960 y 1990, la población trabajadora entre los 60 y 64 años de edad se redujo en un 30%.

free rider

Por tanto, observamos que la teoría de Olson nos ayuda a entender cómo el trabajador tiene incentivos perversos a abusar del propio sistema “pay as you go”, dado que la responsabilidad de su jubilación recae en terceros que ni siquiera conoce (recordemos el efecto del anónimo). Sin embargo, aquellos terceros que deben asimilar la cada vez más pesada carga de las pensiones poseen otro incentivo poderoso a participar dentro del sistema: estar obligados a ello.

Concluye Olson en su estudio que sólo mediante incentivos individuales y selectivos las personas se sentirán estimuladas a participar en el colectivo. Dichos incentivos individuales y selectivos van más allá de los estrictamente económicos, ya que existen otras motivaciones fuertes como son el reconocimiento y aceptación personales, el respeto y la amistad, que sin duda mueven a las personas a actuar por el bien del grupo. En consecuencia, Olson afirma que este tipo de incentivos podrán generarse estrictamente en grupos o colectivos reducidos, donde el miembro adquiera un sentido de pertenencia a la organización y conozca al resto de participantes, creando una red de confianza.

Esta explicación se confirma si atendemos a las alternativas informales que han aparecido en el mercado como contraste al sistema formal de pensiones. Nos estamos refiriendo al modelo de extended family (basado en un modelo de familia ampliada más allá del grupo nuclear, integrando a los abuelos, sobrinos, primos e incluso vecinos), cuya fórmula existe tanto en los países desarrollados como en aquellos países en vías de desarrollo (cabe mencionar aquí a Rendall y Bahchieva, que muestran el éxito de esta fórmula entre la población más envejecida del continente americano).

El extended family posee claras ventajas frente al sistema público de pensiones, siendo más efectivo en la resolución de problemas derivados de la información asimétrica. Todos los miembros de la familia se conocen y mantienen un contacto directo y constante. Asimismo, los lazos emocionales ofrecen incentivos fuertes a participar por el bien común del grupo. Como resultado, los efectos no deseados de riesgo moral, selección adversa o free riding se reducen considerablemente. Esto se traduce, por ejemplo, tal y como demuestra el economista Nugent, en que bajo el extended family los trabajadores no se jubilan antes de tiempo o tienen más hijos para que contribuyan al sostenimiento del colectivo.

El modelo de extended family y otras instituciones basadas en la confianza, tales como las mutuas y ciertas organizaciones privadas están jugando un papel cada vez más relevante. Un papel clave en el “desprendimiento” del sistema público de pensiones donde el mercado pueda ofrecer soluciones sostenibles en el tiempo a partir de la participación activa de los miembros y con el ahorro real como vehículo de financiación.

Se acabó la demagogia

tragicomedia

Los últimos días están siendo especialmente críticos para la Unión Económica y Monetaria de la Unión Europea. Tras la llegada de Syriza al gobierno de Grecia, las negociaciones con los acreedores internacionales (la Troika) para tratar de resolver la insostenible situación de las finanzas griegas se han tornado en un peligroso “juego de gallinas”, cuyos fundamentos ya hemos examinado en este blog.

La praxis política que estamos presenciando evidencia el desenlace del juego: no habiendo estrategia claramente dominante sobre ninguna de las dos partes, Grecia y la Troika mantienen un proceso continuo de “presión-cesión”, cuyo último resultado desembocará en que, o bien uno de los dos jugadores pierda frente al otro, o bien ambos perderán por no llegar a un acuerdo.

El domingo  el pueblo griego celebra su referéndum para decidir el o el no a las condiciones impuestas por la Troika para mantener el rescate del país heleno. En este contexto, y frente al debate vacío de contenido sobre si los acreedores están siendo demasiado duros con Grecia, es preciso examinar los antecedentes de esta tragicomedia:

  • La sociedad griega se encuentra altamente endeudada, con niveles del 112,4% de deuda privada sobre la renta disponible y de hasta el 179% de deuda pública sobre el PIB.
  • El gasto público del Estado griego supone un 51,8% del PIB, una cifra tan sólo superada por Bélgica, Finlandia, Francia y Dinamarca en todo el conjunto de países de la OCDE.

A la vista de estos condicionantes, es forzoso concluir que, frente a lo que opina una gran mayoría, las políticas de austeridad no son responsables de la crisis griega, porque no ha habido austeridad alguna. De hecho, la capacidad de ahorro de las economías domésticas en Grecia es muy escasa, siendo los bancos totalmente dependientes de la financiación del Banco Central Europeo. El economista Javier Santacruz explica la lógica del control de capitales (el corralito) que el Banco Central Europeo está ejerciendo sobre el país, y que no es otra que evitar la salida de más reservas y contener el aumento de la deuda externa neta (la posición inversora internacional neta supera el -90% del PIB).

Las vías de actuación para corregir esta crisis de deuda son dos:

Subidas de impuestos: Syriza plantea una subida de impuestos a las rentas más altas. Sin embargo, con una renta disponible media de 26.016 dólares/per cápita (frente a otros países también rescatados como España o Irlanda, con una renta disponible media de 33.720 y 47.796 dólares/per cápita respectivamente), cuesta mucho pensar que subir los impuestos pueda tener efectos notorios.

Reducción del gasto público: Esta medida resulta harto complicada, especialmente a nivel político. Y es que nadie quiere asimilar que las obligaciones del Estado de Bienestar griego son insostenibles. Para gozar de una jubilación media a los 61 años y de otras prestaciones muy onerosas del gasto social griego, el trabajador ha de soportar que el 40% de su coste laboral sean impuestos. En consecuencia, no es posible generar empleo y la tasa de paro se halla en el 26,5 % de la población activa, mermando la competitividad de la economía. Por tanto, se precisan reformas estructurales del sistema de pensiones y de liberalización de los mercados que permitan reducir notablemente el peso de la administración.

Si Grecia decide no cambiar su modelo de Estado, es muy posible que salga del euro. Esto acarrea que tanto Europa como Grecia pierden. Desde luego, Grecia se tendría que preparar para un duro ajuste, ya que siendo un país tan dependiente del exterior, las importaciones se encarecerían de forma drástica, y la desconfianza internacional implicaría que la inversión extranjera buscase otros destinos.

Para la Unión Económica y Monetaria de la Unión Europea, la salida de Grecia no le supondría una pérdida demasiado grave en términos económicos. Los acreedores tendrán que asimilar la deuda incobrable, pero este escenario ya está descontado. Sin embargo, lo más significativo del GREXIT será la lección que todos aprenderemos: el euro exige una disciplina a los países miembros, una regla que no pueden saltarse. La vuelta a los nacionalismos monetarios constituye un incentivo perverso para los Estados, convirtiendo la política monetaria en un juguete para devaluar la moneda y evitar realizar las reformas de calado.

El euro implica que los gobiernos no pueden recurrir a manipular sus monedas para disfrazar los problemas bajo una competitividad falsa. La disciplina de una moneda única exige que los mercados han de ser flexibles y abiertos. Desde luego Europa tiene aún mucho recorrido en este sentido, y es de lamentar la actuación del Banco Central Europeo como prestamista de última instancia, habiendo permitido que los países miembro siguieran endeudándose ilimitadamente sin acometer reformas.

Por tanto, sea cual sea la decisión de Grecia, los europeos somos testigos de una realidad dura pero incuestionable: se acabó la demagogia (del griego demos-pueblo y ágo- conducir).