Desmitificando al “Minotauro Global” de Varoufakis

varoufakis

Yanis Varoufakis se ha convertido en el economista de moda. Su exquisita educación y capacidad de oratoria, así como la originalidad de las chaquetas que acostumbra a llevar, han ensalzado la figura de este economista greco-australiano a la altura de pesos pesados como Thomas Piketty o Paul Krugman, liderando la liga “anti austeridad” y proclamando el fin de lo que ellos califican el dogmatismo del libre mercado.

De hecho, algunos no han dudado en apodar al ex ministro de finanzas griego como Varoufucker, en muestra de su rebeldía y escepticismo hacia el modelo económico de la Unión Europea basado en una moneda única y un sistema de cambios fijos.

En su famoso ensayo El Minotauro Global, Varoufakis realiza su análisis sobre el origen de la profunda crisis económica que aún padecemos y propone una serie de medidas encaminadas a no volver a cometer los mismos errores que en el pasado. En este post, realizaremos un análisis crítico de este ensayo.

En primer lugar, más allá de exponer una síntesis de El Minotauro Global, resulta relevante explorar las fuentes de las que bebe el autor, para así poder entender el instrumental analítico que emplea.

En este sentido, es preciso señalar que El Minotauro Global no es un trabajo estricto de teoría económica. Más bien, el enfoque de Varoufakis se basa en una interpretación histórica de las fuerzas económicas que han conformado el diseño de un sistema económico que, a lo largo de muchas décadas, alimentaron a una bestia imposible de refrenar.

Por ello, y a pesar del desarrollo de un hilo cronológico muy bien estructurado dentro de esta obra, resulta poco convincente, o poco académico si se prefiere,  exponer una tesis sobre el origen de la crisis económica sin hacer una sola referencia a la teoría del capital iniciada por Böhm-Bawerk, que explica el funcionamiento de los mercados de capital a partir de la oferta de fondos prestables (vía ahorro por parte de las unidades superavitarias) y la demanda de los mismos para la inversión (vía concesión de préstamos a las unidades deficitarias).

En la lógica de intermediación y canalización de capitales surgen los sistemas financieros. Por tanto, la importancia de la teoría del capital no puede ser desdeñada, ni tampoco su desarrollo posterior de la mano de economistas de diversas corrientes como Mises, Marx y Minsky, las “tres M” del pensamiento económico que detectaron que el origen de los ciclos se encuentra en un fallo orgánico del sistema financiero y no en un shock externo.

Varoufakis sí menciona brevemente a Marx y a Minsky, pero en ningún momento se propone contrastar las aportaciones teóricas de ambos autores, cuyo denominador común, frente al austriaco Mises, es que para ellos la inestabilidad del sistema financiero es algo natural conforme a la madurez de la economía capitalista. Es decir, la explicación de la crisis es que la economía estaba creciendo a un nivel insostenible y es necesario controlar el sistema financiero frente al mercado imperfecto y especulativo.

Para dar respaldo a la idea de que la economía de mercado es inestable y ha de ser necesariamente controlada por el Estado, Varoufakis hace referencia a Schumpeter, consagrado como uno de los “padres” del pensamiento económico liberal y autor del famoso concepto de la “destrucción creativa”, que explica cómo la innovación, motor del sistema capitalista, tiende inexorablemente hacia un estado estacionario donde las empresas se burocratizarán y caerán en la monotonía, dejando finalmente de innovar y llegando al socialismo.  De este modo Varoufakis puede concluir que el liberalismo, a la larga, es un paradigma que ha de ser superado. Sin embargo, es preciso señalar la inconsistencia del argumento de Varoufakis y su profundo reduccionismo: una de las principales críticas al liberalismo que se encuentran en el libro es el problema de los modelos estáticos de equilibrio aplicados por los economistas neoclásicos. Estos modelos carecen de un análisis dinámico al ignorar la variable temporal y considerando los precios de los bienes y los factores como parámetros, donde además el mercado se constituye por un sistema de competencia perfecta en el cual los empresarios venden los mismos tipos de bienes y al mismo precio. Sin embargo, a la vez que realiza esta crítica (compartida en este blog), Varoufakis utiliza los planteamientos de Schumpeter para reforzar sus conclusiones, cuando el propio Schumpeter parte del modelo de equilibrio de Walras, su economista neoclásico de referencia.

No es riguroso criticar una metodología y al mismo tiempo servirse de los planteamientos derivados de la aplicación de dicha metodología.

En síntesis, la explicación de Varoufakis se centra en tres grandes ejes o momentos que se fraguan en el siglo XX: el Plan Global, el Minotauro Global y finalmente las Damas del Minotauro.

minotauro

Plan Global

Para Varoufakis, el Plan Global es el origen del problema de los ciclos recurrentes de auge y depresión que la sociedad ha venido padeciendo desde mediados  del siglo XX. En efecto, dicho plan global se concibe como una estrategia diseñada y ejecutada por Estados Unidos para constituir su imperio económico. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el continente europeo se halla sumido en plena reconstrucción. Varoufakis explica que esta situación es aprovechada por Estados Unidos para proveer a los países europeos de los bienes y servicios que necesitan para reparar los costes de la guerra, al tiempo que la industria americana se expande por todo el Viejo Continente. Asimismo, Estados Unidos pone en marcha el famoso Plan Marshall  de ayudas económicas por un valor de más de 13.000 millones de dólares.

Con este plan, Varoufakis descubre que la intención de Estados Unidos es “dolarizar” el mundo, consiguiendo que el dólar se convierta en la moneda de referencia internacional. El nuevo marco institucional alcanzado tras la celebración de los acuerdos de Bretton Woods echó tierra a la propuesta británica de Keynes para consolidar finalmente un sistema financiero en el que las divisas europeas estarían vinculadas al dólar, y éste último quedaría ligado al patrón oro.

Según el economista griego, la supervivencia del Plan Global requirió a los americanos crear ciertos “satélites” que le garantizasen la expansión continua de sus industrias. Estos satélites son, entre otros, Alemania y Japón, a quienes Estados Unidos se aproximó para reactivar sus economías. Varoufakis va más allá al señalar incluso que ciertos conflictos bélicos como la Guerra de Corea fueron alimentados por Estados Unidos con el objetivo de lograr la regeneración económica de Japón.

¿A qué se debe esta generosidad? Simple, si países de gran potencial económico como Alemania y Japón se convierten en los gigantes de Europa y Asia, Estados Unidos se convierte en su principal exportador de bienes de capital, energía y otros recursos.

La llegada del Minotauro Global

El Plan Global funcionaba a la perfección hasta la década de los 60, cuando Estados Unidos comienza a incurrir en un elevado gasto público, fruto de la Guerra de Vietnam y los diversos programas keynesianos de estímulo de la demanda (entre ellos The Great Society del gobierno de Johnson). Tal nivel de gasto incrementó el déficit público de los Estados Unidos y el gobierno comienza a endeudarse a través de diversos instrumentos de política económica. Varoufakis defiende el beneficio social de los programas keynesianos realizados en Estados Unidos, y por ello, en lugar de denunciar la irresponsabilidad política de incrementar el gasto público a niveles insostenibles, Varoufakis carga contra las reglas del mercado.

Para financiar su creciente déficit, Estados Unidos recurre a pedir deuda en el exterior, especialmente a sus países “satélite” en Europa y Asia. En este momento es cuando Varoufakis habla de la creación de un Minotauro global alimentado por Estados Unidos, y que se refiere al diseño de una política económica basada en la captación continua de capitales extranjeros para financiar sus déficits gemelos (el déficit público y el déficit comercial).

Varoufakis, como buen griego, recurre a la mitología para explicar los fenómenos económicos. Sin embargo, hablar de seres mitológicos puede derivar en que se desdibuje quiénes son los actores reales y la responsabilidad de sus acciones, algo que el economista utiliza hábilmente para justificar, de nuevo, que el Minotauro Global es consecuencia del libre mercado.

En este punto es necesario referirse al excelente ensayo de Roger Garrison, Tiempo y Dinero, escrito hace ya una década y donde la exposición de los acontecimientos arroja una visión muy diferente a la de Varoufakis. En efecto, Garrison desarrolla en su libro una macroeconomía basada en el capital donde las inversiones son financiadas con cargo a ahorro previo (oferta de fondos prestables). Garrison pone el ejemplo de los Estados Unidos para mostrar las tres políticas para obtener financiación y que son iniciadas por los diferentes gobiernos, verdaderos creadores del Minotauro Global y cuya intervención, por tanto, dista mucho de ser calificada como de libre mercado:

  • Ahorro doméstico: Garrison explica que en primer lugar, una política de financiación por parte del Gobierno es que éste pida prestado a sus ciudadanos mediante la emisión de bonos u otros instrumentos similares del Tesoro Púbico. Esta fue la política empleada por la administración de Nixon a mediados de la década de los 60. Dado que los recursos financieros son limitados, si los ciudadanos prestan su dinero al gobierno, este dinero deja de estar disponible en el sistema financiero para los inversores y empresas que demandan fondos prestables. Esta presión sobre la demanda incrementa los tipos de interés, tal y como ocurrió en Estados Unidos hasta finales de los 60.
  • Reserva Federal: En segundo lugar, el Gobierno puede tomar dinero prestado por parte de los propios Bancos Centrales. Esta política se denomina monetización de deuda, ya que el Banco Central crea nuevo dinero expresamente para financiar al Estado y también a empresas y consumidores. Sin embargo, la expansión artificial de la oferta monetaria genera inflación, dado que al no producirse un ahorro previo que financie nuevas inversiones, el consumo presente sigue creciendo a la vez que los inversores creen que existen mayores recursos financieros disponibles de los que en realidad hay. La inversión se dispara y los precios y salarios crecen. La administración de Carter es un perfecto ejemplo de este tipo de política. Tal y como sostiene Garrison: “El gobierno de Carter fue altamente exitoso en desplazar la responsabilidad de la inflación de dos dígitos hacia el Oriente Medio y los esfuerzos de la OPEP para explotar su monopolio de la oferta mundial del crudo”.
  • Ahorro externo: Por último, el gobierno puede tomar prestado en los mercados mundiales de capital, esto es, exportar deuda. Esta fue la política adoptada por la administración de Reagan en los años 80. Los buques de Alemania y Japón llegaban a Estados Unidos cargados con bienes reales como maquinaria pesada, coches o equipos electrónicos, y regresaban con bonos del Estado y otros activos similares, sin intercambio de otros bienes americanos. Esta situación debilitó sustancialmente a la industria estadounidense por la caída de sus exportaciones. Como resultado, al déficit presupuestario se le sumó un hermano gemelo: el déficit comercial.

Varoufakis no explica en ningún momento de su libro el origen de los déficits gemelos detallado en este post, dado que hacerlo le obligaría a concluir que la irresponsabilidad de los gobiernos de gastar por encima de sus posibilidades les conduce a distorsionar la economía a través de la expansión crediticia, descoordinando las acciones de los agentes económicos y produciendo los ciclos de auge y depresión, cuando los inversores se dan cuenta de que han iniciado proyectos que no son viables y se disponen a ejecutarlos.

Frente a esta explicación que tiene como base la macroeconomía del capital, Varoufakis únicamente afirma que para financiar sus déficits gemelos, el Minotauro Global de los Estados Unidos se ve obligado a atraer un gran volumen de capital extranjero. Con ello, da comienzo el tercer eje o momento del libro:

Las Damas del Minotauro

Varoufakis explica que el gobierno “liberal” de los Estados Unidos inicia un periodo durante los años 90 de desregulación financiera que permitió a los bancos privados conceder créditos y otros instrumentos de muy baja calidad, sumiendo a la economía doméstica en un elevado endeudamiento privado que finalmente derivó en la actual crisis financiera de 2007. Para el economista griego, las damas del minotauro serían los CDO´s o las denominadas hipotecas subprime, así como todas aquellas regulaciones e instrumentos que facilitaron que el Minotauro Global siguiese captando todo el capital posible del globo. Es de lamentar que Varoufakis no condene expresamente la política de reducción de tipos de interés entre el 0 y el 0,25% realizada por Alan Greespan y Ben Bernanke. La razón de ello estriba en que las propuestas de solución que se presentan en el libro pasan por dar un mayor poder a los bancos centrales para que condonen la deuda pública de los países más endeudados como Grecia. Sin embargo, en este punto se pone de manifiesto otra grave inconsistencia. Dado que la Reserva Federal o el Banco Central Europeo se configuran como prestamistas de última instancia, inyectando toda la liquidez necesaria para evitar el desplome de aquellos bancos que concedieron créditos sin asumir los riesgos, difícilmente se puede esperar, tal y como propone Varoufakis, que otorgando  mayores poderes precisamente a la Reserva Federal y al Banco Central Europeo, el fallo del sistema financiero se vaya a solucionar.

En conclusión, si bien Varoufakis realiza un análisis muy completo de cómo se configura el orden económico mundial vigente en nuestros días, nuestra especial crítica al libro de El Minotauro Global radica en que su autor carece de una explicación sólida respecto a cuáles son los determinantes de la inversión en una macoreconomía del capital. Varoufakis ignora la teoría del capital y adopta la premisa keynesiana de que la inversión depende únicamente de los animal spirits o las expectativas, sin pararse a explicar cuáles son las fuentes de dicha inversión.

Lejos de cualquier mito griego, el verdadero Minotauro Global de la economía mundial no reside en el libre mercado, sino en un diseño institucional donde los gobiernos han privilegiado a los bancos precisamente para poder financiar sus excesos, conduciéndonos a la última crisis en la que aún nos encontramos y que es sin duda la más grave de toda la historia económica.

 

 

 

 

Concurso de belleza en la Reserva Federal

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Las últimas semanas se han caracterizado por una alta histeria en todas las economías del mundo. Leemos en los titulares de prensa cómo el enfriamiento del crecimiento económico chino está contagiando a los países emergentes y llevándolos incluso a la recesión (Brasil), lo cual a su vez ha desembocado en una crisis por la reducción en los  precios de las materias primas y por ende en una gran volatilidad en sus principales índices bursátiles.

Por si fuera poco, las grandes instituciones económicas se encuentran muy divididas con respecto a las decisiones que deben tomarse. Este hecho confunde a los analistas e inversores, que empiezan incluso a dudar de la credibilidad de la mismísima Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal, cuando decide mantener los tipos de interés entre el 0% y el 0,25% mientras la  economía estadounidense comienza a calentarse por una inflación cercana al 2%.

Para entender este grado de nerviosismo, podemos leer a  John Maynard Keynes, quien hace ya muchos años dedicó un capitulo de su famosa Teoría general del empleo, el interés y el dinero para tratar la cuestión de la inestabilidad de los precios en los mercados financieros. Y lo trató sin el empleo de las matemáticas (no le gustaban demasiado para la economía), con un ejemplo brillante.

Keynes propone un concurso ficticio de belleza que se publica en un periódico. En este periódico figuran las fotografías de 100 candidatas. Para ganar el premio, se pide a los concursantes adivinar cuáles serán las caras más votadas. El juego implica que el concursante puede, primero, elegir a las candidatas que a él le resultan más guapas (opinión 1). Puede también elegir a  las candidatas que él cree que el resto de concursantes van a votar (opinión 2). O bien puede, finalmente, elegir a aquellas candidatas que él cree que el resto de concursantes van a elegir una vez éstos han pensado las candidatas que él va a votar (opinión 3). Todas estas opiniones pueden agregarse exponencialmente en un juego de estrategias que traten de reducir la incertidumbre.

Pero, la incertidumbre “endógena” (tal y como la denominaron los economistas O`Driscoll y Rizzo en La economía del tiempo y la ignorancia), esto es, volviendo a la economía, el desconocimiento de cuáles serán las decisiones de los agentes económicos respecto a sus planes de futuro, no admite un razonamiento matemático, no puede eliminarse nunca e introduce un elemento de subjetividad que debe tenerse siempre en cuenta.

Esta subjetividad abre el campo al problema de las expectativas, cuando las personas tratan de anticiparse al futuro. Sin embargo, economistas como Hayek o Garrison demostraron que para reducir esta incertidumbre los precios deberían de ser libres en el mercado para poder suministrar la información que los ciudadanos necesitan en la toma de sus decisiones. Información, por ejemplo, sobre si un determinado bien o factor productivo es escaso o abundante en el mercado, o de si el ahorro es suficiente como para que el crédito crezca y pueda destinarse a nuevas inversiones.

En el ámbito financiero, los tipos de interés actúan como una señal de mercado para indicar la disponibilidad de recursos financieros disponibles para la inversión (fruto de la tasa de preferencia temporal de los individuos). Sin embargo, cuando los tipos de interés son manipulados artificialmente, se envían señales erróneas al mercado.

Las familias y los empresarios no conocen las realidades subyacentes que se expresan a través de los precios de mercado porque dichos precios están controlados por las instituciones monetarias. Y es que la presión de los políticos para hacer dinero fácil es demasiado grande. Tanto es así que, tras muchos años de expansión crediticia materializada en los sucesivos programas de QE en Estados Unidos y Europa, así como de otros programas de estímulo económico vía deuda como el Abenomics en Japón y un largo etcétera, actualmente nos encontramos inmersos en un círculo del cual, como señala Richard Koo, resulta muy difícil salir.

Por esta razón a la Reserva Federal le cuesta tanto subir los tipos de interés, en un contexto en el cual los mercados financieros son dependientes de una liquidez que alimenta una burbuja de deuda insostenible y que nadie se atreve a asumir.

Para algunos economistas, como el Premio Nobel Joseph Stiglitz, el problema no es la política monetaria expansiva, sino precisamente la insuficiencia de la misma. Así lo ha manifestado recientemente al defender el mantenimiento de los tipos de interés al 0% hasta el año 2016. En la Unión Europea, el argumento que esgrime Stiglitz es que la austeridad ha acabado con el euro, y que subir los tipos de interés supondría acrecentar la desigualdad.

Pues bien, si la austeridad a la que se refiere Stiglitz es la austeridad de un gasto público superior al 45% sobre el PIB en la mayoría de economías europeas , de una deuda pública de las economías más fuertes de la OCDE muy superiores al 100% del PIB y de Estados que para mantener el “bienestar” están aumentando cada año la presión fiscal sobre los ciudadanos, entonces Stiglitz tiene razón. La austeridad está acabando con la Unión Europea.

Es preciso recuperar la disciplina financiera y permitir a las economías sanearse, aunque ello pueda revertir en un ajuste como el que están sufriendo Brasil y otros países emergentes, dependientes de un modelo intensivo de demanda artificial como ha sido el de China durante la última década.

Las próximas decisiones que se tomen pueden marcar la senda hacia una recuperación progresiva que lleve a un crecimiento sólido (aunque sea pequeño) o desembocar en graves problemas para los cuales, esta vez, no estamos preparados, pues el margen de maniobra de las políticas actuales está agotado.

Libre circulación de bienes, capitales y…personas?

inmigración

Durante las últimas semanas la Unión Europea ha mostrado su nerviosismo ante la llegada masiva de miles de inmigrantes y refugiados procedentes de países como Siria o Afganistán, que día tras día luchan por encontrar un futuro mejor en Alemania, Austria y en el resto de Europa Occidental.

Este hecho ha despertado la discusión sobre la “libre circulación de personas y fronteras abiertas”. Una discusión que ha dividido a los economistas generando un debate muy intenso durante la última década. Por ello, la cuestión que intentamos desarrollar en este post es si la inmigración debe ser condicional o incondicional, restringida o totalmente libre.

Por lo general, hemos de considerar que la mayor parte de la población inmigrante está constituida por trabajadores no cualificados. El argumento más común de los economistas es que esta mano de obra barata ha realizado una gran contribución al crecimiento económico de los países receptores. Podemos referirnos en este sentido al caso de los Estados Unidos o particularmente a España, donde la inmigración fue rápidamente absorbida por el sector de la construcción durante los años de la burbuja inmobiliaria alimentada por la expansión crediticia. Además, muchos economistas afirman que el coste de mantener a los inmigrantes es menor a la riqueza que los mismos generan a la economía.

De acuerdo con esta afirmación, el incremento de una oferta barata en el mercado laboral produce una reducción sobre el precio de ciertos bienes y servicios. Esto repercute en un incremento de la renta disponible de los consumidores, que podrán colocar su ahorro en el mercado de fondos prestables y satisfacer la demanda de los inversores.

En cualquier caso, el mensaje más común de los defensores de la libre circulación de personas puede resumirse en una frase: “los inmigrantes hacen el trabajo que los americanos (o los españoles) se niegan a hacer”.

Por otro lado, a pesar de la lógica aparente de este razonamiento, otros economistas advierten algunas consideraciones. En primer lugar, si toda la población inmigrante se legalizase, los inmigrantes gozarían de la misma escala salarial de los trabajadores nativos, compitiendo por los mismos trabajos y pagando los mismos impuestos y cotizaciones sociales. Por lo tanto, al final no habrá ningún trabajo que los americanos o españoles se nieguen a hacer.

Frente al argumento de que los inmigrantes aportan más riqueza a la economía respecto del coste que supone mantenerlos, algunos estudios sugieren que dicho argumento es falso. No sólo es cierto que la población inmigrante es más propensa a participar en la economía sumergida, sino que en cualquier caso, el ingreso medio de los trabajadores no cualificados es ligeramente superior al salario mínimo, por lo que los ingresos públicos que aportan en términos de impuestos son muy bajos. Por otro lado, las ayudas y subvenciones estatales que los inmigrantes reciben para la vivienda, colegio, sanidad, etc., arrojan un importe mayor que los ingresos que pueden aportar.

Hasta aquí se muestran los argumentos más típicos del debate estrictamente económico de la inmigración, sin considerar otros factores como la criminalidad o la integración cultural.

¿Cuál es la responsabilidad de Europa en el fenómeno de la inmigración? Llegados a este punto es preciso analizar la relación entre la libre circulación de personas y el libre comercio.

La relación entre comercio e inmigración está caracterizada por la llamada elasticidad de sustitución: cuanto más tengo de uno, menos necesito del otro, y viceversa. Por ejemplo, en la medida en que los productos mexicanos puedan entrar libremente en Estados Unidos, el incentivo de los ciudadanos mexicanos de emigrar a un país con salarios más altos es menor. Porque el libre comercio permite a cada economía especializarse en aquello en lo que es relativamente mejor que otras, logrando salarios crecientes para los productores.

Sin embargo, tanto Estados Unidos como Europa han mantenido una política fuertemente proteccionista, a través de la imposición de aranceles o barreras no arancelarias para proteger a los productores locales, repercutiendo en un alto coste para los consumidores al soportar una subida de precios en su cesta de bienes.

Esta es la razón por la que la Unión Europea debería fomentar el libre comercio en lugar de imponer aranceles y levantar fronteras cuando la inmigración amenaza su carísimo Estado de Bienestar.

Por tanto, desde un punto de vista liberal, la defensa de la libertad de comercio y de inmigración es prioritaria. Sin embargo, es importante recalcar que el término “libre” es muy diferente dependiendo de si nos referimos a comercio o a inmigración. En efecto, el libre comercio implica que vendedores y compradores se ponen de acuerdo en el movimiento de mercancías y servicios. Sin embargo, la libre inmigración no implica que exista un previo acuerdo o invitación. Por ello una inmigración incondicional podría ser considerada una invasión. No nos dejemos engañar por el modo en que algunos expertos emplean el término “libre”.

La libertad de inmigración debe respetar los principios generales del derecho, basados en acuerdos voluntarios entre las partes. Una inmigración no deseada por la población nativa puede producir consecuencias como la criminalidad o tensiones sociales.

En conclusión, la inmigración únicamente puede ser libre si es invitada por el país receptor en base a un acuerdo donde cada parte se responsabiliza del otro. El Estado no puede subvencionar la inmigración si dichos inmigrantes no han sido invitados mediante un contrato de trabajo que les permita prosperar y vivir pacíficamente.

De este modo lo expresa Hoppe: “There is no such thing as free immigration, or an immigrant´s right of way. What does exist is the freedom of independent private property owners to admit or exclude others from their own property in accordance with their own restricted or unrestricted property titles”.

Lo que está pasando actualmente es la clara demostración de que el libre comercio y la libre inmigración son incompatibles con el Estado de Bienestar. Una realidad que nuestros burócratas afincados en Bruselas se niegan a aceptar.

De cómo descubrí ser “homo agens”

homo economicus

En el año 1978, el economista (y también novelista) español José Luis Sampedro escribió un artículo bajo el título De cómo dejé de ser homo oeconomicus. En dicho artículo, Sampedro realizó una critica contundente al dogma del interés individual y de la soberanía del consumidor en el mercado.

Desde la política, la universidad e incluso la Iglesia, la crítica al individualismo no ha dejado de extenderse alrededor del globo durante todo el siglo XX hasta nuestros días.

Resulta por ello interesante examinar la raíz de esta crítica analizando el concepto del individualismo “en versión completa” (parafraseando al profesor Sampedro).

Friedrich Hayek ofrece en este sentido una referencia fundamental con su artículo Individualismo: Verdadero y Falso, escrito en el año 1945.

Con el desarrollo de las ciencias sociales, ciertos conceptos como liberalismo, democracia, capitalismo y socialismo han sido viciados en su significado con ideas o teorías que son incluso contrarias al propio concepto que pretenden explicar. Para Hayek el concepto que más ha sufrido este tipo de tergiversación es el de ”individualismo”. Este término ha sido distorsionado tanto por sus detractores como por sus defensores. De este modo Hayek se propone depurar este concepto y explicarlo conforme a la interpretación original con que fue concebido: individualismo como un sistema opuesto al socialismo. A éste individualismo es el que Hayek calificará como “verdadero”.

El individualismo verdadero bebe de las aportaciones de los filósofos John Locke, Bernard Mandeville y David Hume. Sin embargo, Hayek precisa que fue Edmund Burke el máximo difusor de esta corriente de pensamiento.

La otra interpretación del individualismo, a la que Hayek se referirá como “falso” individualismo, tiene su origen en los autores franceses y otros filósofos continentales fuertemente influenciados por el racionalismo cartesiano. En este sentido, podemos referirnos a Rousseau y a la escuela de los fisiócratas franceses. Este individualismo racionalista conduce, según Hayek, al socialismo.

La confusión en el significado del individualismo se encuentra en primer lugar en la oposición que mostró Edmund Burke a las ideas de Rousseau. Éste último expresó su temor a que sus teorías se disolvieran en el polvo de la individualidad. En segundo lugar, la traducción al inglés de la obra de Tocqueville, Democracy in America, aplica una connotación peyorativa al término de invididualismo, cuando Tocqueville se refiere a una actitud que lamenta y rechaza. Puede por tanto observarse cómo el concepto de individualismo comienza a desvirtuarse de su significado original.

Teniendo esto en cuenta, ¿cuáles son las características del verdadero individualismo?

Es, ante todo, una teoría que intenta explicar las fuerzas que determinan la vida social del hombre. Sólo en un segundo plano puede entenderse como un conjunto de máximas políticas derivadas de esta visión de la sociedad. Por lo cual, en contra de los argumentos de quienes sin fundamento conciben el individualismo como un aislamiento pro parte del hombre, Hayek defiende el individualismo que estudia al hombre que por naturaleza es un ser social. El aspecto clave es que estudia la vida social del hombre a través de las acciones del individuo hacia el resto, guiado por su comportamiento esperado. Las teorías sociales propias del colectivismo pretenden comprender la realidad como una entidad sui generis que existe independientemente de las acciones de los individuos.

La segunda característica importante de la filosofía del individualismo es el orden espontáneo de las instituciones sociales. Así lo expresa Hayek:

It is the contention that, by tracing the combined effects of individual actions, we discover, that many of the institutions on which human achievements rest have arisen and are functioning without a designing and directing mind; that, as Adam Ferguson expressed it, nations stumble upon establishments, which are indeed the result of human action but not the result of human design; and that the spontaneous collaboration of free men often creates things which are greater than their individual minds can ever fully comprehend.”

Esta visión de los pensadores británicos choca con el racionalismo de la escuela cartesiana que postula que las instituciones son diseñadas y creadas deliberadamente.

Partiendo de las enseñanzas de Menger, Hayek desarrolla toda una teoría de los órdenes espontáneos que parte de considerar que la razón humana es limitada, y por ende, el hombre falla y sus errores son corregidos sólo en el curso de los procesos sociales.

Los racionalistas como Rousseau consideran que las instituciones sociales son frutos de un contrato social de los individuos. Esta concepción lleva incluso a Adam Smith, influenciado por los fisiócratas, a inventar el homo economicus, dominado por un comportamiento estrictamente racionalista en el que el hombre dispone de una información total y perfecta.

Respecto a la crítica que se arroja al individualismo como fuente del interés privado y el egoísmo, Hayek expresa que el hombre persigue los fines que a él le importan, esto es, dentro de su esfera particular que representa una fracción muy pequeña dentro de la sociedad. La pregunta a formular no es si el hombre es egoísta o altruista. Dentro de la complejidad de los procesos sociales, cada hombre se guía por aquello que le satisface y le importa, siendo por ejemplo el bienestar de su familia y su prójimo. Sin embargo estas acciones que desarrolla dentro de su pequeña esfera de conocimiento le lleva, sin él siquiera saberlo, a contribuir al cumplimiento de fines que la sociedad persigue en su conjunto y que él jamás se había planteado. De este modo Hayek conluye:

(…) human Reason, with a capital R, does not exist in the singular, as given or available to any particular person, as the rationalist approach seems to assume, but must be conceived as an interpersonal process in which anyone´s contribution is tested and corrected by the others. This argument does not assume that all men are equal in their natural endowments and capacities but only that no man is qualified to pass final judgment on the capacities which another possesses or is to be allowed to exercise.

Es decir, el conocimiento se encuentra disperso en la sociedad y sólo a través de los procesos interpersonales de cooperación humana los individuos aprendemos en base a los procedimientos de prueba y error. El aprendizaje es paulatino y no perfecto como asume el homo oeconomicus. Sin embargo, negar la tesis racionalista no implica tener que incurrir en el nihilismo intelectual.

La complejidad de los procesos sociales implica que el hombre deba estar adaptándose continuamente a los cambios, en busca de nuevos medios y fines. Pero sólo gracias al marco proporcionado por el individualismo, el hombre puede encontrar nuevas oportunidades y alternativas que de otro modo, mediante la coacción del Estado (que presume tener toda la información necesaria para coordinar la sociedad vía mandatos), jamás podría descubrir.

Se trata, en definitiva, del homo agens, que actúa satisfaciendo sus necesidades y aprendiendo del error, descubriendo nuevas oportunidades a su alcance.

Hayek descubre otra diferencia importante entre ambos tipos de individualismo, esta vez respecto al sentido de democracia.

El verdadero individualismo afirma que todo gobierno ha de ser democrático, pero no tiene una creencia supersticiosa en la regla de la mayoría, pues ante todo considera que cualquier forma de gobierno debe respetar la libertad individual y los principios generales del derecho por encima de cualquier regla de la mayoría.

Esta premisa choca con la concepción del falso individualismo que entiende que la verdad en democracia ha de ser siempre aquello que diga la mayoría. Para Hayek una de las grandes tareas a las que se enfrenta la ciencia política es descubrir en qué casos puede la minoría llevar a resultados mejores que la regla de la mayoría. Así lo expresa Hayek en palabras de Lord Acton:

The true democratic principle, that none shall have power over the people, is taken to mean that none shall be able to restrain or to elude its power. The true democratic principle, that the people shall not be made to what it does not like, is taken to mean that it shall never be required to tolerate  what it does not like. The true democratic principle, that every man´s will shall be as unfettered as possible, is taken to mean that the free will of the collective people shall be fettered in nothing.”

Asimismo, el verdadero individualismo no es igualitarista. Si bien rechaza los privilegios o concesiones estatales, también denuncia las limitaciones sobre el que está más capacitado que otros. En efecto, no podemos considerar que las personas sean biológicamente iguales, y esto en opinión de Hayek resulta de gran valor, pues cada uno de los individuos en su variedad de matices puede ofrecer algo a la sociedad de manera única y original.

La lógica de la acción colectiva: una aplicación en el sistema de pensiones

collective action

El gobernador del Banco de España, Luis María Linde, ha vuelto a ser objeto de críticas tras sus recientes declaraciones sobre el sistema de pensiones, asegurando que este esquema “no garantiza el nivel de pensiones que esperan los ciudadanos” en el largo plazo y recomendando a los jóvenes ahorrar para hacer frente a su jubilación. Las descalificaciones no se hicieron esperar por parte de casi todos los partidos políticos, tachando a Linde de catastrofista y  antipatriota.

Sin ánimo de que se me incluya en la lista de antipatriotas, lo cierto es que  las últimas medidas que la Unión Europea está realizando sobre los sistemas públicos de pensiones basados en el esquema “pay as you go” (transferencias intergeneracionales desde la población activa a la población jubilada) evidencian la realidad señalada por Linde:

  • Retraso sucesivo de la edad de jubilación
  • Endurecimiento de los requisitos para gozar del acceso a la pensión (en España, la obligación mínima de años cotizados ha evolucionado desde los 10 años hasta los 35 años actuales)
  • Revalorización de las pensiones en base al denominado factor de sostenibilidad, un nuevo índice de actualización que abandona la evolución del IPC e impone un techo por encima del cual las pensiones no pueden subir (en España, se sitúa en una banda entre un mínimo del 0,25% y un máximo del IPC + 0,50 ).

Estos tres puntos resumen la agenda de la Unión Europea en materia de pensiones. Sin embargo, a pesar del indudable deterioro del modelo, la clase política afirma que Linde es un antipatriota, porque “el sistema es perfectamente sostenible…”

Una última pata que complementa el análisis económico y jurídico del sistema de pensiones es el que nos ofrece la escuela de Public Choice, de la mano del economista Mancur Olson y su estudio sobre la lógica de la acción colectiva. M.Olson trata los incentivos de los miembros de grandes colectivos en la toma de decisiones que articulan sus acciones individuales hacia un bien común o resultado de equilibrio. Las conclusiones de Olson se recogen en su obra The Logic of Collective Action (1965), conclusiones que nos permitimos aplicar en este post dentro del marco del sistema de pensiones.

El economista americano afirma que en aquellas organizaciones donde el número de participantes es muy grande– por ejemplo en el aparato burocrático del Estado-, el participante típico o normal sabe que sus esfuerzos propios no lograrán una diferencia sustancial en el resultado general. Es decir, en los grandes colectivos, las decisiones se convierten en bienes públicos donde los integrantes tienen un menor incentivo a participar cuanto mayor sea precisamente el número de integrantes en la toma de decisiones.

Olson pone como ejemplo de esta lógica a las grandes empresas privadas donde la propiedad es ostentada por los accionistas, si bien la gestión de las mismas es ejercida por los gerentes o tecnócratas. Por ello, cuando el número de accionistas es muy elevado, los ingresos de las acciones se convierten en bienes colectivos y el accionista individual tiene poco incentivo a preocuparse por las decisiones que se toman en la empresa cuando sabe que su participación es marginal y no podrá afectar al resultado final de forma determinante.

Este incentivo cobra fuerza si además consideramos el efecto del anónimo: el participante no puede conocer al resto de los integrantes en la organización, por lo cual no caben lazos de confianza que le muevan a actuar con responsabilidad en beneficio del grupo.

Aplicando esta tesis a los sistemas públicos de pensiones, resulta fácil advertir que la lógica de la acción colectiva en un sistema integrado por 17 millones de trabajadores en activo y más de 8 millones de pensionistas tenderá a ser forzosamente disfuncional, generando efectos no deseados:

  • Riesgo moral: Como el trabajador devenga un derecho a percibir una pensión cuando alcance la edad de jubilación, la responsabilidad de cargar con esta obligación no será suya, sino de los trabajadores en activo que en ese momento sostengan a la población jubilada.
  • Selección adversa: Además, fruto del denominado contrato social, la lógica de la acción colectiva implica que una de las partes contratantes, esto es, a quienes perjudica la dinámica del sistema “pay as you go” , no pueden votar en contra del mismo porque ni siquiera han nacido o no tienen edad legal para votar. Sin embargo, los votantes mayores tienen un alto interés en recibir sus pensiones porque ya han devengado ese derecho.
  • Free riding: Los esquemas públicos de pensiones fomentan que los trabajadores se prejubilen lo antes posible, en el momento en que estiman que ganan lo mismo trabajando que con la pensión de jubilación. Esta penalización al trabajo favorece que la figura del “free rider” o “gorrón” sea cada vez más extendida. Los trabajos de Gruber y Wise estiman que en el periodo comprendido entre 1960 y 1990, la población trabajadora entre los 60 y 64 años de edad se redujo en un 30%.

free rider

Por tanto, observamos que la teoría de Olson nos ayuda a entender cómo el trabajador tiene incentivos perversos a abusar del propio sistema “pay as you go”, dado que la responsabilidad de su jubilación recae en terceros que ni siquiera conoce (recordemos el efecto del anónimo). Sin embargo, aquellos terceros que deben asimilar la cada vez más pesada carga de las pensiones poseen otro incentivo poderoso a participar dentro del sistema: estar obligados a ello.

Concluye Olson en su estudio que sólo mediante incentivos individuales y selectivos las personas se sentirán estimuladas a participar en el colectivo. Dichos incentivos individuales y selectivos van más allá de los estrictamente económicos, ya que existen otras motivaciones fuertes como son el reconocimiento y aceptación personales, el respeto y la amistad, que sin duda mueven a las personas a actuar por el bien del grupo. En consecuencia, Olson afirma que este tipo de incentivos podrán generarse estrictamente en grupos o colectivos reducidos, donde el miembro adquiera un sentido de pertenencia a la organización y conozca al resto de participantes, creando una red de confianza.

Esta explicación se confirma si atendemos a las alternativas informales que han aparecido en el mercado como contraste al sistema formal de pensiones. Nos estamos refiriendo al modelo de extended family (basado en un modelo de familia ampliada más allá del grupo nuclear, integrando a los abuelos, sobrinos, primos e incluso vecinos), cuya fórmula existe tanto en los países desarrollados como en aquellos países en vías de desarrollo (cabe mencionar aquí a Rendall y Bahchieva, que muestran el éxito de esta fórmula entre la población más envejecida del continente americano).

El extended family posee claras ventajas frente al sistema público de pensiones, siendo más efectivo en la resolución de problemas derivados de la información asimétrica. Todos los miembros de la familia se conocen y mantienen un contacto directo y constante. Asimismo, los lazos emocionales ofrecen incentivos fuertes a participar por el bien común del grupo. Como resultado, los efectos no deseados de riesgo moral, selección adversa o free riding se reducen considerablemente. Esto se traduce, por ejemplo, tal y como demuestra el economista Nugent, en que bajo el extended family los trabajadores no se jubilan antes de tiempo o tienen más hijos para que contribuyan al sostenimiento del colectivo.

El modelo de extended family y otras instituciones basadas en la confianza, tales como las mutuas y ciertas organizaciones privadas están jugando un papel cada vez más relevante. Un papel clave en el “desprendimiento” del sistema público de pensiones donde el mercado pueda ofrecer soluciones sostenibles en el tiempo a partir de la participación activa de los miembros y con el ahorro real como vehículo de financiación.

Se acabó la demagogia

tragicomedia

Los últimos días están siendo especialmente críticos para la Unión Económica y Monetaria de la Unión Europea. Tras la llegada de Syriza al gobierno de Grecia, las negociaciones con los acreedores internacionales (la Troika) para tratar de resolver la insostenible situación de las finanzas griegas se han tornado en un peligroso “juego de gallinas”, cuyos fundamentos ya hemos examinado en este blog.

La praxis política que estamos presenciando evidencia el desenlace del juego: no habiendo estrategia claramente dominante sobre ninguna de las dos partes, Grecia y la Troika mantienen un proceso continuo de “presión-cesión”, cuyo último resultado desembocará en que, o bien uno de los dos jugadores pierda frente al otro, o bien ambos perderán por no llegar a un acuerdo.

El domingo  el pueblo griego celebra su referéndum para decidir el o el no a las condiciones impuestas por la Troika para mantener el rescate del país heleno. En este contexto, y frente al debate vacío de contenido sobre si los acreedores están siendo demasiado duros con Grecia, es preciso examinar los antecedentes de esta tragicomedia:

  • La sociedad griega se encuentra altamente endeudada, con niveles del 112,4% de deuda privada sobre la renta disponible y de hasta el 179% de deuda pública sobre el PIB.
  • El gasto público del Estado griego supone un 51,8% del PIB, una cifra tan sólo superada por Bélgica, Finlandia, Francia y Dinamarca en todo el conjunto de países de la OCDE.

A la vista de estos condicionantes, es forzoso concluir que, frente a lo que opina una gran mayoría, las políticas de austeridad no son responsables de la crisis griega, porque no ha habido austeridad alguna. De hecho, la capacidad de ahorro de las economías domésticas en Grecia es muy escasa, siendo los bancos totalmente dependientes de la financiación del Banco Central Europeo. El economista Javier Santacruz explica la lógica del control de capitales (el corralito) que el Banco Central Europeo está ejerciendo sobre el país, y que no es otra que evitar la salida de más reservas y contener el aumento de la deuda externa neta (la posición inversora internacional neta supera el -90% del PIB).

Las vías de actuación para corregir esta crisis de deuda son dos:

Subidas de impuestos: Syriza plantea una subida de impuestos a las rentas más altas. Sin embargo, con una renta disponible media de 26.016 dólares/per cápita (frente a otros países también rescatados como España o Irlanda, con una renta disponible media de 33.720 y 47.796 dólares/per cápita respectivamente), cuesta mucho pensar que subir los impuestos pueda tener efectos notorios.

Reducción del gasto público: Esta medida resulta harto complicada, especialmente a nivel político. Y es que nadie quiere asimilar que las obligaciones del Estado de Bienestar griego son insostenibles. Para gozar de una jubilación media a los 61 años y de otras prestaciones muy onerosas del gasto social griego, el trabajador ha de soportar que el 40% de su coste laboral sean impuestos. En consecuencia, no es posible generar empleo y la tasa de paro se halla en el 26,5 % de la población activa, mermando la competitividad de la economía. Por tanto, se precisan reformas estructurales del sistema de pensiones y de liberalización de los mercados que permitan reducir notablemente el peso de la administración.

Si Grecia decide no cambiar su modelo de Estado, es muy posible que salga del euro. Esto acarrea que tanto Europa como Grecia pierden. Desde luego, Grecia se tendría que preparar para un duro ajuste, ya que siendo un país tan dependiente del exterior, las importaciones se encarecerían de forma drástica, y la desconfianza internacional implicaría que la inversión extranjera buscase otros destinos.

Para la Unión Económica y Monetaria de la Unión Europea, la salida de Grecia no le supondría una pérdida demasiado grave en términos económicos. Los acreedores tendrán que asimilar la deuda incobrable, pero este escenario ya está descontado. Sin embargo, lo más significativo del GREXIT será la lección que todos aprenderemos: el euro exige una disciplina a los países miembros, una regla que no pueden saltarse. La vuelta a los nacionalismos monetarios constituye un incentivo perverso para los Estados, convirtiendo la política monetaria en un juguete para devaluar la moneda y evitar realizar las reformas de calado.

El euro implica que los gobiernos no pueden recurrir a manipular sus monedas para disfrazar los problemas bajo una competitividad falsa. La disciplina de una moneda única exige que los mercados han de ser flexibles y abiertos. Desde luego Europa tiene aún mucho recorrido en este sentido, y es de lamentar la actuación del Banco Central Europeo como prestamista de última instancia, habiendo permitido que los países miembro siguieran endeudándose ilimitadamente sin acometer reformas.

Por tanto, sea cual sea la decisión de Grecia, los europeos somos testigos de una realidad dura pero incuestionable: se acabó la demagogia (del griego demos-pueblo y ágo- conducir).

El descrédito de las políticas redistributivas

capital

El polémico debate sobre la desigualdad y la redistribución ha despertado recientemente un notable interés en política y economía. Nuevos partidos como Syriza en Grecia o Podemos en España fundamentan sus propuestas en torno a la crítica más feroz vertida a la economía de libre mercado: el capital se concentra en manos de unos pocos y por ello sus rendimientos han de redistribuirse.  Esta es la conclusión principal del famoso economista Thomas Piketty en su obra “El Capital en el siglo XXI”. Sin embargo,  es cierto que resulta difícil definir cuál debe ser el óptimo de la distribución de la riqueza a tenor de un criterio subjetivo de justicia distributiva, y más difícil resulta aún concluir si el Estado es más eficiente redistribuyendo dicho óptimo mejor que el mercado.

De este modo, resulta interesante conocer cuáles son las consecuencias redistributivas de las principales políticas de los Estados: la política monetaria y la política fiscal.

Respecto a la política monetaria, merece destacar la incongruencia de quienes denuncian la creciente concentración del capital en un escenario donde las medidas de reducción drástica de tipos de interés al 0% han sido calificadas de convencionales por parte de las instituciones monetarias, justificando así nuevas medidas de crédito al pánico con la compra masiva de bonos (Quantitative Easing) y que, lejos de favorecer la acumulación de capital, están generando efectos nocivos:

  • Desde el punto de vista económico, la inyección de liquidez suministrada por los bancos centrales está esquilmando el ahorro para favorecer la acumulación de deuda (más de un 300% de deuda pública y privada sobre el PIB de las economías de la OCDE). Una inyección consagrada en virtud de la premisa keynesiana conocida como paradoja del ahorro: si sube el ahorro, se consume menos y por tanto la economía se resiente. La ortodoxia keynesiana ignora que los bienes de consumo final son fruto de un largo proceso de producción constituido por diversas etapas intermedias de bienes de capital, que precisan de dos variables fundamentales: tiempo y ahorro.
  • Desde el punto de vista social, es creciente la preocupación por las políticas monetarias expansivas. Este hecho ha sido constatado incluso por las propias instituciones monetarias responsables. Recientemente Makoto Nakajima, economista de la Reserva Federal de Filadelfia, ha puesto de manifiesto la incertidumbre que existe actualmente en los sistemas financieros, donde pueden producirse consecuencias distributivas inesperadas. Pone como ejemplo el caso de la Reserva Federal y su plan de compra de activos garantizados por préstamos hipotecarios. En efecto, el objetivo de esta compra es bajar el interés de las hipotecas para aumentar la demanda de viviendas. Dicho aumento de demanda presionará los precios de las viviendas al alza, favoreciendo a los propietarios y perjudicando a los compradores (aun cuando lo que se pretende es beneficiar a este último colectivo). De este modo, se genera una transferencia de riqueza desde los potenciales compradores de vivienda hacia los propietarios actuales. Lo mismo ocurriría en el caso de lo que Nakajima denomina sorpresa de la inflación: un repunte inesperado de la inflación afectaría positivamente a los propietarios de vivienda frente a las familias más humildes que viven de alquiler, así como frente a los pequeños ahorradores conservadores que de un momento a otro ven la rentabilidad de sus bonos mermada.

En consecuencia, queda demostrado que la intervención de los bancos centrales en el sistema financiero, pudiendo ser muy bienintencionada, está produciendo efectos muy nocivos. Efectos muy difíciles de prever encontrándonos, tal y como asegura Richard Koo, en una verdadera trampa de la represión financiera.

¿Y la política fiscal? Muchos economistas relevantes, como Paul Krugman o John Kenneth Galbraith aseguran que la política fiscal es la verdadera herramienta que tienen los gobiernos para redistribuir la riqueza de manera eficiente, ya que la política monetaria es sumamente complicada al intervenir sobre una función tan inestable como la inversión.

Para mitigar los efectos de la Gran Recesión, los gobiernos han dedicado diversos programas de estímulo económico para mantener la actividad económica. Sin embargo, la actividad se desplomó y el gasto público se mantuvo, rozando el 50% del PIB en las economías europeas.  Este hecho, unido a la caída de la recaudación, ha sumido al Viejo Continente en un elevado déficit que tiene que financiar con cargo a deuda pública. Los keynesianos justifican esta deuda con el fin de distribuir la carga equitativamente entre la generación presente. Es decir, dado que subir los impuestos para financiar el déficit obligaría a los trabajadores que no poseen suficiente liquidez a pedir prestado a los capitalistas a un alto tipo de interés, el Estado emite bonos para distribuir la carga de forma equitativa.

El problema de emitir bonos y de apalancarse sine die, es que en el momento de pagar los intereses a los tenedores de bonos, el gobierno se verá obligado a subir los impuestos a quienes no pudieron comprar deuda: las futuras generaciones.  Tal y como concluye Robert Murphy en su excelente ensayo, “Government Debt and Future Generations”, serán nuestros hijos y nietos quienes crezcan en un entorno de elevada deuda pública, pagando la irresponsabilidad ajena de quienes pensaron que las políticas de gasto público no pueden generar desigualdades.

Es pertinente por tanto reconocer que las políticas públicas pueden generar y de hecho generan desigualdades entre los ciudadanos, aunque no sea esa la intención de los planificadores.

Esta realidad invita a valorar la dinámica de la economía de libre mercado, que entiende que la desigualdad no es un problema per se. El problema es la pobreza, y la mejor política que puede hacerse es generar un marco institucional con respeto a la propiedad privada, donde cada individuo asuma su responsabilidad y no la traslade a los colectivos más vulnerables.

El tan perseguido capital es el que permite disponer de la tecnología necesaria para incrementar la productividad de los trabajadores, elevando los salarios y con ello su renta disponible. Por ello, sólo favoreciendo el ahorro y la necesaria acumulación de capital las sociedades pueden progresar. Una lección que los planificadores deberían aprender…

Los catastrofistas y el dinero

catastrofismo

La ciencia económica está repleta de catastrofistas. Nuestra historia da buena fe de ello. El economista y monje anglicano Thomas Malthus fue uno de los primeros catastrofistas al afirmar en su célebre Ensayo que, mientras la población tiende a crecer en progresión geométrica, la producción de alimentos crece en progresión aritmética, lo cual ha de producir indefectiblemente un empobrecimiento general de la sociedad al contar con menores medios de subsistencia para cada nuevo nacido. Sólo las guerras, las epidemias y, voluntariamente, la abstinencia carnal, podrían retrasar dicho empobrecimiento.

Paulatinamente, el catastrofismo se fue extendiendo hacia toda una cohorte de economistas y filósofos influyentes. Desde la crisis del capitalismo proclamada por Marx y su ejército industrial de reserva, pasando por el estado estacionario  de la economía definido por Schumpeter, son muchos los ejemplos de catastrofismo que determinan las políticas públicas. En la actualidad, la creciente desigualdad,  el cambio climático o la crisis energética…

En efecto, este grado de alarmismo sólo es comprensible cuando el Estado trata de justificarse al intervenir en la vida de los ciudadanos. Llegados a este punto, es interesante aplicar esta idea en una de las instituciones económicas más importantes: el dinero.

Todos los manuales y textos académicos dedican gran parte de sus contenidos a explicar las consecuencias tan perjudiciales de los monopolios en el mercado. Sin embargo, a nadie se le ocurre cuestionar el monopolio de emisión de dinero por parte de los bancos centrales. En este momento el lector seguramente estará pensando que suprimir este monopolio implicaría… ¿una competencia entre monedas? ¿dinero fuera del curso legal?

Imaginen qué catástrofe económica.

Lejos de alimentar al monstruo catastrofista, lo cierto es que un concepto tan complejo como el del dinero gira en torno al desconocimiento profundo de su origen.

Asimilamos que el dinero ha sido creado por los Estados y que sólo puede ser controlado y regulado por ellos a través de las leyes de curso forzoso. Sin embargo, este argumento es en realidad un gigante con pies de barro.

El dinero no surgió como consecuencia de la orden de un gobernante, ni de un acto legislador en aras de lograr el bien común de la sociedad. El dinero surge, siguiendo la valiosa (aunque olvidada) lección de Carl Menger, de un modo espontáneo y no deliberado por parte de los individuos en la búsqueda del interés particular.

El proceso de creación del dinero es sumamente complejo y dilatado en el tiempo. En los primeros intercambios voluntarios basados en el trueque, surge una limitación denominada doble coincidencia de necesidades: si quiero intercambiar cobre por miel debo encontrar a la persona que necesariamente quiera intercambiar miel por cobre. Esta limitación retrasaba notablemente la dinámica de los intercambios comerciales.

A medida que pasó el tiempo, los individuos fueron descubriendo y dando valor a unas mercancías sobre otras, viendo que tenían aquellas mayores capacidades de venta respecto del resto. De esta manera, un comerciante podía ofrecer los bienes que deseaba intercambiar  por aquellas mercancías que, si bien no son las que satisfacían sus necesidades directamente, le aproximaban en gran medida a los bienes que finalmente deseaba obtener.

Menger cita las cabezas de ganado como las primeras mercancías que en el inicio del comercio humano tenían una mayor capacidad de venta. Estas mercancías que actúan como medio de intercambio son “Geld”, (como lo denominaron los germanos) esto es, dinero.

Por tanto, una vez nos desprendemos de la noción casi incuestionable de que la creación del dinero es una prerrogativa que le corresponde al gobierno por su naturaleza soberana, podemos plantear una alternativa basada en el principio de libre elección de moneda.

En 1978, Friedrich Hayek publicó en el Institute of Economic Affairs de Londres su teoría de la desnacionalización del dinero, en la cual trata un escenario donde la emisión de dinero se basaría en la competencia por parte de las “instituciones” emisoras. Estas instituciones son empresas privadas que tendrían la libertad de crear diferentes tipos de dinero en el mercado.

A pesar de lo caótica que pueda parecer esta idea, es preciso entender que la demanda de dinero buscará siempre un valor lo más estable posible en la(s) moneda(s) con la que los individuos realicen sus transacciones. La competencia obligaría a las empresas a mantener siempre estable el valor de sus monedas en términos de una cesta de bienes establecida, y por tanto, la empresa que no cumpliese con este patrón se vería fuertemente amenazada, pudiendo perder su negocio al no contar el público con la confianza en su moneda.

Sin embargo, contrastando esta situación con un régimen de monopolio, es bastante razonable pensar que el monopolista podría abusar de las reglas del patrón. De hecho, hoy en día se mantiene el régimen de monopolio bajo un patrón fiduciario,  esto es, basado meramente en la confianza.

La competencia no descarta que el gobierno pudiera emitir sus propias monedas. Hayek recalca que sería más ventajoso para el público el que las monedas de los distintos Estados pudieran competir libremente. Esta posibilidad privaría a tales gobiernos de proteger su moneda frente a una posible depreciación.

En suma, nuestro economista austriaco sintetiza en su trabajo cuatro efectos principales que se derivarían de la competencia de emisión de dinero:

“a) Un dinero del que se espera que mantuviera su poder adquisitivo aproximadamente constante tendría una demanda continua mientras la gente fuera libre de utilizarlo; b) con tal demanda continua, dependiente del éxito en mantener constante el valor de una moneda, podría confiarse en que los bancos emisores harían todos los esfuerzos posibles para conseguir tal constancia mejor que cualquier monopolista que no corre ningún riesgo con la devaluación de su moneda; c) la institución emisora podría conseguir este resultado regulando el volumen de emisión; y d) tal regulación del volumen de cada divisa constituiría el mejor método práctico para regular la cantidad de medios de cambio para todos los efectos posibles.”

Con esta descripción de su teoría, Hayek indica que los bancos que creasen dinero para financiar proyectos no rentables, serían sancionados con la retirada de los depósitos de sus clientes. De este modo, el incentivo de la competencia conseguiría impedir los ciclos recurrentes de sobreinversión y  contracción económica.

La teoría de Hayek no escapa a críticas, pero supone una referencia importante para entender algunos acontecimientos recientes inesperados por cualquiera de nosotros, como la aparición del famoso bitcoin y otras criptodivisas que están revolucionando el mercado y los sistemas de pago.

A pesar de que el bitcoin no ofrece la transparencia respecto de quién es el emisor ni la información suficiente que garantice su estabilidad (dos premisas fundamentales de Hayek), lo cierto es que ha desafiado la prerrogativa de emisión de dinero por parte de los Bancos Centrales, y sólo por ello deberíamos considerarlo un avance en el terreno de la economía de libre mercado.

Porque la ceguera de los catastrofistas les impide ver que, de la misma forma que la tecnología ha permitido refutar a Malthus al lograr el mayor desarrollo de alimentos y medios de subsistencia en la historia, la genuina e innata capacidad empresarial del ser humano para detectar, innovar y crear oportunidades es la que consigue superar los problemas y conflictos sociales.

Una función empresarial que persiste, como señala el gran Carlos Rodríguez Braun, a pesar del Estado.

Rational Ignorance: Information and Public Choice

uncle sam

The problem of information has been studied by many schools of economic and political thought during the last half century. Neoclassical School of economics assumes that information is perfect and available for consumers and producers in order to achieve Pareto-efficiency. This assumption implies the cost of information is 0. In this way, the model of electoral competition asserts that citizens are perfectly informed. Nevertheless, robust theory and empirical research show that in the real world there is an asymmetric information, this is to say, politicians and citizens have not the same information and therefore does not exist symmetric information. Two reasons can explain this fact:

  • First, the “Rational Ignorance” : “… since the odds are that no election will be close enough to render decisive the vote of any one person, or the votes of all those he can persuade to agree with him, the rational course of action for most citizens is to remain politically uninformed.” (Downs, “The Political Economy: Readings in the Politics and Economics of American Public Policy ). The fact that in general terms people remain ignorant on political issues is supported by empirical studies. Some relevant conclusions of these works are that : “in spite of an unprecedented expansion in public education, a communication revolution that has shattered national and international boundaries, and the increasing relevance of national and international events and policies to the daily lives of Americans, citizens appear no more informed about politics.” (Delli Carpini and Keeter,”What Americans Know About Politics and Why It Matters”).
  • Second, the politicians have access to better resources to get the information they need, and even they can create artificial information. Although the Welfare State economics assumes politicians are always benevolent, the Public Choice theory states that politicians can benefit from this situation creating artificial information. An interesting theory of this behaviour is the politic cycle of Fair, who demonstrated that during pre-election periods, elected officials skew economic variables to their favour, for example, increasing public spending in order to create the illusion of a thriving economy.

What are the consequences of the low political knowledge of citizens? In theory of information, citizens are expected to be rational, and being rational implies that they vote if the benefit exceeds the cost. So, in general, citizens are predisposed to vote. Problem is the cost of voting, determined by a set of complex variables, but considering imperfect information, we could say that apart from the costs of legal registration, poll hours, etc, one of the most important issues to considerate is the cost of information.

Some authors, like John G. Matsuaka, argue that there is a positive correlation between the amount of information and the probability of voting. In fact, Matsuaka explains a lot of factors which depends on the amount of information. For example, he proves that public employees and farm owners are more likely to vote. On the contrary, farm laborers are less likely to vote.The reason is that public employees and farm owners have a permanent relationship with the government and its political environment (due to labor relations, dealings, etc), and that is why they are more connected to information than farm laborers are. By the same token, a person with a high level of education is more likely to vote, because of her capability of getting information and analyzing it. These and other factors are explained by the same statement. Consequently, the most information one citizen can obtain, its voter turnout increases.

Moreover, given this assumption, how can we measure the price of information? The answer is not clear because of the complexity to measure the variables that may affect to the information. In fact, it is important to highlight, according to Austrian economists, the peculiar nature of information (subjective, tacit and dispersed).

In conclusion, the problem of information is not well supported by empirical data in terms of measuring the cost of information. That’s why there are two theories that deny the key role of information in increasing voter turnout: “Behaviour irrelevance hypothesis” and “Outcome irrelevance”.

Behaviour irrelevance hypothesis establishes that “for a variety of reasons, uninformed voters manage to vote as if they were informed; the outcome irrelevance champions, instead, argue that uninformed people do behave differently, but that the final electoral outcome is the same that a perfectly informed electorate would choose” (Larcinese, “Political Information, Elections and Public Policy”)

Mass Media

As aforementioned, we can explain a correlation between the amount of information and the probability of voting. The theory of information assumes that citizens are rational and they vote when the benefit of voting is higher the cost of voting. So, theoretically we could minimize the price of information in order to increase the amount of it received by citizens. In this way, the influence of mass media is indisputable, producing a controversial debate about whether mass media can affect to electoral outcomes.

On the whole, model of electoral competition and information argue that advertising in mass media reduces the price of information. It is evident that when information is imperfect, it is found scattered and decentralized. Mass media can concentrate that information in order to make it readily available for citizens. As stated by Matsuaka: “The information theory predicts a correlation between advertising expenditure and voter turnout” (Matsuaka, “Explaining voter turnout patterns: An information theory). Indeed, the participation increased in elections when radio and later television appeared in mass media. This fact explains the power of advertising in mass media, representing an important percentage of political parties in its campaign spending. Minimizing the price of information with mass media, the participation increases.

According to this, the theories of mass propaganda became very famous when politicians found an important tool to persuade citizens of their electoral outcomes. Nevertheless, the first studies of mass media’s effects denied that advertising could persuade citizens. The debate of real effects by mass media and advertising has been extended to other economic issues (Galbraith and Von Hayek analyzed the role of advertising like creator of new necessities for the consumer). Then, we can consider that the choices of advertising in mass media are two: informing or persuading citizens. One critics to campaign advertising in mass media is that it does not really inform at all, and it may be used by one candidate to damage the leadership of his rival, and creating a danger influence in citizens.

We can conclude that in this matter, campaign advertising has an influence (directly or indirectly) in information through mass media to the citizens. The idea of persuading is difficult to support in empirical evidence, and some arguments explain that advertising can not change radically someone’s decision.

Application: Regulation in Spain of Mass Media and Information.

In order to analyze the role of legal institutions in mass media and information, we are going to introduce a real example, concretely the case of Spain.

Spanish legislation has developed the legal mechanisms to regulate election advertising, with the goal of guaranteeing the political pluralism and equality among political parties. Thus, we can consider two important measures:

First, prohibition of election advertising contract. We must assume that not all the political parties have the same economic resources. Then, the prohibition is established in television channels to prevent that the richest parties can invade mass media and get more advantages than the other parties. In private press and radio, campaign advertising is allowed, but always specifying that it is advertising. In addition, any kind of discrimination between parties in terms of prices, schedules, etc. is not allowed.

Second, free spaces. Political parties have the right to provide free spaces in public radio and television channels. These parties must meet some requirements, but the access is guaranteed to every political group.

Analyzing both measures we can approach to the thesis of this essay: The key question is that if Spanish legal framework establishes the prohibition of election advertising contract and imposes free spaces in public radio and television channels, these laws seem to consider mass media only like tools for the political parties to create propaganda and persuade citizens. Spanish laws have focused on the idea of mass media like a danger tool of persuading and manipulating citizens, denying the basic goal of it:  information.

The consequences of this fact in Spain lead to a poor political knowledge and low information, because of the rigid legislation.

Therefore, a simple thesis we can offer in this essay is: The amount of information a citizen can obtain does not depend only on his capability to get it (education, income, proximity to government, etc), but also on the legal framework which regulates the political information and, depending on the way it is regulated, this information will be more or less available to the citizens. Thus, amount of information is not only a matter of the citizen, it is also a matter of the State and the flexibility of its regulation.

La “nariz de Cleopatra” en Economía

cleopatra

The persistent tension between the organizational structure of a government that maximizes the income of its ruler (and the ruler´s supporters) and an efficient system that reduces transaction costs and encourages economic growth is the “root cause of the failure of societies to experience sustained economic growth”

Douglas C. North

A menudo los científicos sociales, cuando tratan de dar respuesta a los fenómenos complejos que se producen en la sociedad, caen en la tentación de buscar un origen que sea, naturalmente, igual de complejo. Sin embargo este planteamiento puede llegar a ser sumamente pretencioso.

La Historia clásica nos ofrece un testimonio muy poderoso para hacernos entender que, más a menudo de lo que pensamos, muchos de los fenómenos que hoy observamos son consecuencia de un origen menudo e incluso trivial. Nos estamos refiriendo a la explicación de la nariz de Cleopatra. El filósofo francés Blaise Pascal afirmó que “si Cleopatra hubiera tenido una nariz más corta, hubiera cambiado la faz del mundo”. En efecto, el papel de Cleopatra fue clave en el curso de los acontecimientos de la Roma de Julio César y Marco Antonio,  los dos hombres a quienes la reina egipcia enamoró, según cuentan los clásicos, gracias a su nariz.

El ejemplo de la nariz de Cleopatra es empleado para entender que ciertos fenómenos e instituciones que se producen o existen en la actualidad no tienen un origen profundo, y su trayectoria inicial puede incluso haber sido una cuestión de suerte. Sin embargo, el tiempo pasa y consiguen persistir. Con esta idea aparece el concepto de path dependence (dependencia del camino), introducido por los economistas para explicar que el pasado influye sobre el presente en nuestras pautas y comportamientos.

Es interesante trasladar este argumento al campo de las políticas públicas y del Estado de Bienestar. Las contribuciones de economistas como el Premio Nobel Douglas C- North o los teóricos de la Public Choice demuestran que, en un mundo cada vez más globalizado y dinámico, la intervención del Estado a través de su aparato burocrático se caracteriza por la rigidez y resistencia al cambio. Este problema tiene repercusiones muy importantes sobre la economía, creando un conflicto entre la estructura estática de los gobiernos frente a la eficiencia dinámica de los mercados. Dicho conflicto es el que se produce cuando la educación pública se mantiene rígida ante los permanentes cambios de las demandas del mercado laboral (visto aquí), o cuando los sistemas públicos de prestaciones se niegan a reconocer la creciente movilidad laboral y la nueva pirámide poblacional (visto aquí).

Es decir, el path dependence nos ayuda a entender que mediante un origen simple,  como pudo ser la protección social de un determinado colectivo por parte del Estado en un momento concreto de la historia económica, se constituyó un Estado de Bienestar muy rígido que puede llegar a ser perjudicial para el progreso social al no adaptarse a los cambios. Por ello es habitual que la manera que los gobiernos tienen para justificar la esfera de su intervención, sea afirmar que un determinado servicio ha de ser público simplemente “porque siempre ha sido público”, ignorando la posibilidad de que tal vez, la necesidad que dicho servicio pretende cubrir sea irrelevante hoy en día (análisis coste-beneficio). Esta persistencia levanta barreras a la iniciativa privada, donde los incentivos económicos favorecen que el path dependence sea mucho más reducido, al encontrarse las empresas en un continuo estado de alerta para innovar y adaptarse a las nuevas necesidades.

Otra aplicación más exhaustiva de la nariz de Cleopatra se encuentra en el sistema financiero actual, fruto de lo que algunos economistas austriacos como Jesús Huerta de Soto denominan accidente histórico: la promulgación de la Ley de Peel en 1844, la cual prohibía la creación de billetes bancarios sin respaldo del 100% por dinero en metálico. Sin embargo, para la Escuela Austriaca, dicha ley fue un rotundo fracaso, ya que al “no haber incluido entre sus prohibiciones la de emitir nuevos créditos y depósitos sin un coeficiente de reserva del 100 por cien, permitió que los ciclos recurrentes de auge y depresión continuaran sucediéndose…” (Huerta de Soto, “Dinero, Crèdito Bancario y Ciclos económicos”.

A este respecto, podemos observar que la teoría económica ha demostrado el fracaso de muchas de las políticas económicas vigentes. Sin embargo, es muy difícil revertir la situación, bien sea por los costes de transacción que ello supondría, o bien sea por los incentivos de la gestión burocrática para aumentar la esfera de su intervención en lugar de reducirla.

Por tanto, es preciso concluir que el efecto de lo inesperado y el path dependence tienen implicaciones muy interesantes para la ciencia económica en el estudio de la eficacia de las políticas públicas y de las organizaciones burocráticas, pudiendo originar problemas y conflictos sociales que, lejos de resolverse, se perpetúan en la historia.